Etapas:

14/03/2016 Aldea Sikoongo´s Chief – Kafue (87 Km).

15/03/2016 Kafue – Lusaka (53 Km).

16-17/03/2016 Descanso en Lusaka.

18/03/2016 Lusaka – Shingela (105 Km).

19/03/2016 Shingela – Río Luangwa (136 Km).

20/03/2016 Río Luangwa – Kacholola (57 Km).

21/03/2016 Kacholola – Minga (104 Km).

22/03/2016 Minga – Sinda (72 Km).

23/03/2016 Sinda – Madzimoyo (103 Km).

24/03/2016 Madzimoyo – Kamwendo (Entrada en Malaui) (83 Km).

25/03/2016 Kamwendo – Lilongüe (95 Km).

26/03/2016 Descanso en Lilongüe.

27/03/2016 Lilongüe – Mnyanga (74 Km).

28/03/2016 Mnyanga – Chantulo (113 Km).

29/03/2016 Chantulo – Monkey Bay (39 Km).

30-31/03/2016 Descanso Monkey Bay.

01-06/04/2016 Descanso en Monkey Bay.

07/04/2016 Monkey Bay – Ndolo (71 Km).

08/04/2016 Ndolo – Salima (79 Km).

09/04/2016 Salima – Chongole (93 Km).

10/04/2016 Chongole – Casting Yard (70 Km).

11/04/2016 Descanso en Casting Yard.

12/04/2016 Casting Yard – Dwambazi (54 Km).

13/04/2016 Dwambazi – Nkhata Bay (105 Km).

14-18/04/2016 Descanso en Nkhata Bay.

19/04/2016 Nkhata Bay – Chamawoya (27 Km).

20/04/2016 Chamawoya – Embombeni (54 Km).

21/04/2016 Embombeni – Chisokowo (44 Km).

22/04/2016 Chisokowo – Chitimba (54 Km).

23/04/2016 Chitimba – Karonga (96 Km).

24/04/2016 Karonga – Ipinda (Entrada en Tanzania) (55 Km).

Zambia y Malaui: Entrando en el corazón de África

Bienvenido a Zambia! Atrás dejaba Zimbabue y el Lago Kariba, y me esperaba en la frontera otra deliciosa tasa de 50 dólares para obtener el visado. Solo contaba con 6 dólares para llegar hasta Lusaka, la capital chichewa, pero no me importaba porque cosas mas complicadas había logrado en el viaje.

Diario Zambia 1

(Welcome to Zambia)

Con un nuevo sello estampado en mi pasaporte, escalé un puerto de montaña que derivó en una planicie. Por primera vez en el viaje vi una bomba de agua manual, me acerqué al grupo de mujeres que estaban bombeando agua fresca y pura filtrada por la tierra, y me dejaron abastecerme sin tener que esperar, un encanto de señoras. Tengo una norma no escrita que solo me aplico a mi: “Si ellos la beben, yo también”. A estas alturas del viaje mi cuerpo se ha fortalecido tanto como el de cualquier persona local.

Diario Zambia 2

(Bomba de agua manual)

La noche se acercaba y por suerte la casa del jefe de la aldea me quedaba cerca, el Chief Sikoongo. De hecho era el Chief de la región, es decir, el Chief de Chiefs. Ya había oído hablar de la hospitalidad y la seguridad que ofrece dormir junto al jefe de la aldea, pero aun no había vivido la experiencia.

Me recibió un anciano hablando ingles perfectamente y le pregunté por acampar en su aldea, a lo que accedió inmediatamente. Instalé mi hogar portátil con el último rayo de luz y cuando puse el candado a la bicicleta él me miró extrañado y me dijo: “Este es un lugar muy seguro, no es necesario que hagas eso”. A pesar de saber que siendo el invitado del Chief era prácticamente intocable, le expliqué que para mi era una tradición que siempre seguía para dormir tranquilo, a lo que me respondió con una sonrisa.

Las mujeres terminaron de cocinar la cena, me ofrecieron agua caliente para lavarme las manos y me sirvieron un plato de nsima con judías. Por respeto a ellos comí con las manos y no era la primera vez, no quería incomodarles sacando un tenedor de mis alforjas. Al terminar me tenían preparado un gran cubo de agua caliente para que me aseara sobre una roca rodeada de paredes de paja. Fue una de las mejores duchas que me he dado en mi vida, envuelto por el silencio, desnudo bajo la luna y miles de estrellas.

En las aldeas no hay electricidad y todo funciona con generadores, se cocina con leña o carbón y los baños son letrinas cavadas en el suelo. Todo era bastante limpio y ordenado, a fin de cuentas era la casa del Chief, aunque era un buen comienzo para entender el continente en el que me estaba adentrando.

Al amanecer me ofrecieron el desayuno, mientras mantenía una interesante charla con el Chief Sikoongo acerca de sus funciones. El título de jefe de la aldea no solo se transmite de padres a hijos, sino que también puede ser de tíos a sobrinos, como fue su caso. Principalmente él debe mantener el orden y delegar en todos los conflictos sociales que afecten a su comunidad, e imponer justicia. Al momento de despedirme no solo le agradecí su hospitalidad, sino también la oportunidad de haber podido vivir esa experiencia.

Diario Zambia 3

(Junto al Chief Sikoongo)

La mañana comenzó fácil, pero enseguida surgieron los problemas. Me adentré en un terreno montañoso bañado por un mar de colinas, la carretera era estrecha y el calor sofocante. Llegué por la noche totalmente reventado al pueblo de Kafue, donde pude acampar en la comisaría. Tenía tres sopas de noddles para cenar pero no podía cocinarlas, el agua estaba cortada en todo el pueblo y no me quedaba ni una gota. Me acerqué a la gasolinera donde conseguí que me regalaran un par de botellas, y así pude cocinar, cenar y dormir con la panza llena.

Al final llegué a Lusaka, un caos de ciudad con un tráfico espeso, pero tenía una recompensa esperándome en ella. Un contacto de Warmshower iba a recibirme en su casa, lo que significaba comida, conexión wifi y un lugar donde trabajar con el ordenador. Pude actualizar mi web, las redes sociales y publicar mi vídeo cruzando el desierto de Namibia. Mi sorpresa fue máxima cuando vi la respuesta de los followers, 150 euros en donaciones que me devolvieron las fuerzas para seguir adelante. Con un día más anclado al ordenador, dejé todo preparado para poner rumbo a Malaui.

El primer día dejando atrás la capital todo fue favorable, tanto el viento cómo el llano asfalto, pero enseguida me volví a adentrar en el juego de las colinas interminables. Un nuevo sonido me acompaña en la carretera, “How are you?” y “Musungu”, que era repetido de forma constante por todos los locales que me veían pasar.

El tercer día llegué a una aldea donde me recibe el hijo del Chief y me permite acampar junto a su casa, bajo la atenta mirada de todos los niños, observando como montaba la tienda de campaña. A lo largo del día me es muy complicado abastecerme de comida, las pequeñas tiendas que encuentro no tienen muchos suministros, por suerte me encanta la comida local y dejo de cocinar. Por la mañana me despido de la aldea y dejo atrás las colinas para volver a la planicie. A buen ritmo consigo avanzar 104 Kilómetros y al final del día llego a una escuela, donde me dejan ocupar una de las clases para pasar la noche. Mientras preparaba la mosquitera y me organizaba para dormir, había 15 chavales mirándome por la ventana en todo momento, son alumnos de la escuela me dijo el director. Salí a saludarlos, a charlar con ellos y gastarles un par de bromas, pero pronto me fui a dormir. Ellos permanecieron en la ventana cerca de una hora, era muy tarde y yo no entendía porque no volvían a su casa.

Diario Zambia 4

(Durmiendo en la escuela)

En mitad de la noche comenzó a llover con fuerza, el agua golpeaba la chapa de metal que había por tejado y el sonido era ensordecedor. Una oportuna gotera empezó a drenar agua mojándome la cara. Desvelado por la tormenta me levanté para salir a tomar el fresco y contemplar la noche. En ese momento me di cuenta de que los 15 chavales que tanto me observaban por la ventana, estaban durmiendo en el suelo de la clase contigua. Lo que no sabía es que eran alumnos que vivían demasiado lejos de la escuela y no podían costearse el transporte, por lo que literalmente vivían en el colegio. Seré capullo, pensé en ese momento, que me hubiera costado dedicarles un poco más de mi tiempo para hacerles más ociosas las últimas horas de la tarde.

A pesar de la nueva experiencia, había algo con lo que me costaba lidiar y que me provocaba cierta ansiedad. Escuchar cada 10 segundos “How are you?” durante las 8 horas que pedaleaba al día, se me hizo insoportable. Me lo acabé tomando con filosofía y hasta le saqué un ritmo de rap que bailaba sobre la bicicleta, porque literalmente lo escuchaba cada 10 segundos.

Mi último día en Zambia fue con lluvia y viento en contra, aunque me sentí acompañado por las miles de bicicletas que me cruzaba en todo momento. En la frontera con Malaui me cobraron 75 dólares por un visado de 30 días, me pareció excesivo, aunque sabiendo que es uno de los países más pobres del mundo, me acabo pareciendo justo.

Para celebrar que estaba entrando en el cuadragésimo país de mi vuelta al mundo, esa noche dormí en un hostel por 1€ y degusté una merecida cerveza de la victoria. Cuando llegué a Lilongüe fui al camping más “barato” de la ciudad y aun así me pareció carísimo. Al salir por la puerta conocí en la calle a Zajiba, una joven de 22 años que me invitó a su casa. Era un hogar pequeño pero muy acogedor, me dejó ocupar un cuarto y me sentí muy cómodo, preparó la cena y me empezó a hablar de cómo era su vida. Lo que más me llamó la atención fue que su ex novio era británico y la acababa de dejar. Luego me habló de sus problemas económicos y de que se sentía sola. Empecé a no sentirme tan cómodo, noté una serie de intenciones ocultas y para mi fueron señales suficientes para que por la mañana saliera de ahí. Al final conseguí un buen precio por acampar en un lodge, y dediqué un día más a trabajar con el ordenador antes de poner rumbo al Lago Malaui.

Diario Zambia 5

(En Lilongüe junto a Zajiba y su sobrino)

No me costó nada dejar atrás la ciudad, no me sentí a gusto en ningún momento, ni tampoco avancé en mis quehaceres. A medida que me alejaba de la capital me cambiaba el humor. La primera noche dormí en las montañas donde viví un amanecer tranquilo y alegre. Cuando llegué al borde de la cordillera me detuve para contemplar la llanura a mis pies, antes de lanzarme a la vertiginosa bajada de 40 kilómetros.

Terminé el día acampando en una pequeña aldea, me estaba volviendo un adicto a sus amaneceres, es muy relajante. Adoro despertarme con los rayos del sol y el sonido de los animales, sabiendo que siempre habrá una señora adorable esperando a que salga de la tienda de campaña para ofrecerme un té con galletas. El tráfico consiste en cientos de peatones y bicicletas, con algún ocasional y lento vehículo a motor, una armonía inigualable.

Estaba cerca de mi destino en la zona Sur del Lago Malaui, Monkey Bay. Para acortar distancias tomé un atajo de 30 kilómetros por pista de tierra. Debido a un pinchazo tuve que parar un buen rato en una aldea, donde en cuestión de minutos estaba rodeado por decenas de niños. Después de bromear con ellos me pidieron que les regalara un bolígrafo, no tenía para todos así que les puse a prueba. Con el extremo del bolígrafo empecé a escribir en la arena: “9…x…5…=”. En seguida una niña gritó “45” y se ganó su premio. Tenia claro que de haberlo regalado así sin más, los chavales se hubieran peleado. El día anterior tuve la misma situación en una bomba de agua y se lo regalé al primer niño que me lo pidió. Finalmente el bolígrafo acabo hecho pedazos del forcejeo que hubo después.

Diario Zambia 6

(Reparando la rueda antes de hacer el juego del bolígrafo)

Con la rueda reparada conseguí cruzar un río seco y alcanzar finalmente Mokey Bay, donde acampé en el Mufasa Eco Lodge. Me pareció el lugar perfecto para descansar y ponerme al día, acampaba junto al lago, tenía wifi, buena comida y era muy barato. Cada mañana al despertar pegaba un salto desde una roca y me zambullía en el agua, las noches eran tranquilas y había buen ambiente junto a la hoguera charlando con otros viajeros.

Durante 8 días pude actualizar la web y el blog. Salía a comer a diario al pueblo y de vuelta hacía recados. En todo momento me sentí envuelto por la buena energía del lugar. Cree muy buena amistad con Cedric, otro cicloviajero de Pretoria (Sudáfrica). Una noche me comentó si podíamos viajar juntos unas semanas y me pareció buena idea compartir la ruta. Después de poner a punto las bicicletas nos pusimos a pedalear rumbo Norte.

Cada vez me sentía mas cómodo con mi nuevo compañero, y las bromas que surgían de forma constante amenizaban cada pedalada. La primera noche nos dejaron dormir en una escuela y la segunda encontramos un hostel adaptado a nuestros bolsillos. Aquella noche me entró un hambre voraz, algo que abundaba y que además me encanta son los huevos con patatas. Así que sin preámbulo alguno me zampé 5 huevos duros, 5 huevos fritos y 3 raciones de patatas antes de irme a la cama. Por la mañana continué con esta locura transitoria y desayuné 2 huevos revueltos con pan.

Al final del día acampamos en una pequeña aldea. Nos fuimos a dormir pronto, el sonido de los mosquitos rodeándonos era muy intenso y me sentía seguro dentro mi tienda, pero en mitad de la noche llegó el vulcano de los huevos y empecé a notar fuertes retortijones. Por miedo de salir afuera en mitad de la noche en uno de los países con más malaria del mundo, tomé la decisión de liberar a la bestia sobre una bolsa de plástico, mientras adoptaba una cómica postura. Más relajado pude abrir un extremo de la mosquitera para lanzar al demonio a unos metros del campamento.

Al amanecer toda la aldea nos estaba observando, antes siquiera de que saliéramos de las tiendas de campaña. Mientras recogíamos el campamento dejé la adorable bolsita junto a mis alforjas. Me daba mucha vergüenza preguntar por donde podría deshacerme de ella, así que la colgué en el manillar con la esperanza de encontrar algún cubo de basura junto a la carretera. Pero no fue así, todo era selva y no quería contaminar arrojando el plástico a la naturaleza.

Pedalee con ella colgando y agitándose con cada movimiento durante 30 kilómetros, hasta que llegué al pueblo de Nkotakota, donde me estaba esperando Manu de Salvador. Este fotógrafo natural de Barcelona y follower de mi viaje, me escribió unos meses atrás preguntándome una serie de dudas de cómo viajar en bicicleta por África. Para poder agilizar la comunicación, le pasé mi numero de Whatsapp para intercambiar mensajes de voz con sus preguntas y mis respuestas. Acabamos manteniendo el contacto hasta ese día en el que nuestros caminos se cruzaron. Mis primeras palabras fueron: “Hola Manu, un placer conocerte en persona, no toques esta bolsa que es mi mierda”.

Después de acercarme a una gasolinera para liberarme de tan pesada carga en un cubo de basura, empezamos a charlar. Hacía tiempo que nos conocíamos y estaba claro que nos llevábamos bien, así que le invité a unirse a la marcha y por primera vez en el viaje pedaleaba con otros dos cicloviajeros.

Diario Zambia 7

(Cedric, Colorado y Manu de Salvador)

Cuando se nos echó la tarde encima nos aprovisionamos en un pueblo de agua, comida y un brebaje al que denominamos “Poison”, vodka radiactivo por 250 Kwachas (0,30 €) la botella de 200 ml. Al continuar por la carretera observamos un camino de tierra que atravesaba un campo de caña de azúcar, y que nos llevaba directos a la orilla del Lago Malaui. Al llegar nos topamos con una pequeña aldea, donde nos recibe el Chief y nos permite acampar a unos cientos de metros de la última choza, necesitábamos intimidad para dar rienda suelta a nuestra locura.

Después de cenar y con la panza llena, comenzamos a ingerir el potente brebaje. Yo estaba indignado con mis compañeros por no haberles puesto nombres a sus bicicletas. Les convencí para hacer un ritual de bautismo siendo yo el maestro de ceremonias y Bucéfalo su testigo. Así fue como bajo la luz de la luna y las estrellas, arropados por la marea del Lago Malaui, el calor de la hoguera y gritando al cielo, nacieron “Rafiki” y “Flying Hippo”. Fue uno de los momentos más graciosos que vivimos los tres juntos.

Diario Zambia 8

(De acampada en el Lago Malaui)

Al despertar algo aturdidos, decidimos quedarnos un día más para descansar y disfrutar de la playa. Después del matutino chapuzón volvimos al pueblo a comprar comida, y a mi se me ocurrió la desastrosa idea de comprar dulces para todos los niños de la aldea. Esta vez no tenía intención de hacer ningún juego de matemáticas, así que compré 100 Chupa Chups, suficientes para todos. Al volver, reconozco que cuando abrí la bolsa tuvieron una reacción adorable. Se acercaban a mi uno a uno, se inclinaban y me ofrecían sus manos para recibir el caramelo, mientras me daban un tierno “Thank you”…hasta que se corrió la voz y en menos de 30 segundos estaba rodeado por todos los flancos, intenté mantener el orden pero fue en vano. Enseguida surgieron los empujones y los gritos, casi me derriban al suelo y sin darme cuenta me arrebataron la bolsa de las manos y comenzó la guerra. Jamás me he arrepentido de tener un detalle con nadie, pero en esta ocasión me llevé las manos a la cabeza. Nunca volveré a cometer ese error, y aun no logro entender porque hubo esa reacción por unos dulces que sabia que se podían permitir, pues el precio de cada uno era insignificante.

A la mañana siguiente continuo pedaleando con mis compañeros y 160 kilómetros después llegamos a Nkata Bay, otro paraíso donde encontramos un lodge barato y con buen ambiente. El los días venideros pude ayudar a Manu a reorganizar su bicicleta, adaptar sus alforjas y hacerle unas mejoras para que viajara más cómodo. Él a cambio me quiso ayudar a diseñar una nueva web de mi viaje, la que había usado hasta el momento era muy básica y con su ayuda podríamos hacer una mucho más práctica. La conexión a internet era extremadamente lenta así que nos centramos en descansar y pasarlo bien, nada de trabajar con el ordenador y entre risa y risa decidimos que iríamos los 3 juntos hasta Zanzíbar.

La segunda mañana, al despertarme en la tienda de campaña noté algo raro, había demasiadas hormigas dentro de mi casa. Es normal que haya alguna que otra, pero al salir me di cuenta de que estaba totalmente rodeado. Tuve que emplearme a fondo para desplazar mi campamento y expulsar a las invasoras, casi el mismo esfuerzo que hicieron ellas por repeler al verdadero invasor.

Diario Zambia 9

(Invasión de hormigas en Nhkata Bay)

Después de salvar mi campamento, bajé con Manu al pueblo para realizar una compra muy especial. Él quería fabricar a Wilson, la pelota que tanta compañía hizo a Tom Hanks en la película de naufrago, y lo conseguimos. No fue tarea fácil porque hay que regatear el precio al máximo, pero Malaui ya nos había dado un curso intensivo de negociación. Estábamos acostumbrados a regatear hasta 50 Kwachas (0,06 €), ya no por una cuestión económica sino por principios, estábamos cansados de que siempre nos quisieran cobrar más por ser Musungus (blancos). A pesar de que Malaui es uno de los países más pobres del mundo, se aprecia la humildad en la que vive la gente pero no hay miseria. La tierra es fértil y el clima húmedo, las frutas y verduras crecen con facilidad, el agua es abundante, el Lago Malaui produce más peces de los que pueden capturar los pescadores, el pasto es abundante para los animales domésticos y la educación es accesible. Por lo que entendimos que la subida de precio era por codicia y no por necesidad.

Con unos días de descanso nos volvimos a sentir preparados para continuar la ruta. Cedric, Manu y yo pusimos rumbo a la frontera con Tanzania, para ello nos separamos durante unos días de la costa para adentrarnos en las montañas. Manu comenzó a tener problemas con el eje de pedalier, se movía exageradamente y parecía que todo el conjunto de plato y pedal se iban a caer en cualquier momento. Nos detuvimos en el pueblo de Mzuzu para reparar a Rafiki todos juntos. Somos un equipo y no se deja nunca nadie atrás.

Diario Zambia 10

(Cedric y Manu reparando a Rafiki)

Empecé a comprender los inconvenientes de viajar en grupo, el problema de uno es el problema de todos. A los pocos kilómetros Cedric tuvo un pinchazo y se hizo a un lado de la carretera parando en una pista de tierra. Mientras le esperábamos nos dimos cuenta de que al seguirle nos adentramos en un campo de espinas y acabamos pinchando todos. Cedric aprovechó para reparar un tornillo de su porta equipajes y estaba bastante molesto por unas hemorroides que sufría desde hace una semana, yo estaba impaciente por avanzar porque mi visado estaba apunto de caducar, Manu con sus problemas con el eje de pedalier y todos sufríamos una invasión de hormigas de Nkhata Bay. Se habían alojado dentro del chasis de las bicicletas, y con cada golpe que dábamos al metal salían todas a mordernos las manos. Cualquiera pensaría que discutíamos con cada problema que surgía, pero siempre fueron las escusas perfectas para romper a reír a carcajadas, y la anécdota perfecta para recordar al final del día y continuar bromeando. Éramos un grupo bastante raro.

Acabamos apretando la marcha para volver de nuevo al lago, sentíamos que habíamos abandonado su buena energía y que debíamos dejar atrás las montañas lo antes posible. El momento en el que lo volvimos a contemplar desde la cima del puerto de montaña, reaccionamos como el viajero perdido en el desierto que encuentra un oasis. Descendimos a toda velocidad durante 12 kilómetros ladeando la colina, mientras los babuinos cruzaban constantemente la carretera.

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(En la cima de la montaña de vuelta al Lago Malaui)

En la orilla del lago se nos unió al grupo nuestro antiguo compañero, la energía positiva. Los problemas se fueron solucionando uno a uno, yo conseguí hacer muy rápido el tramite para ampliar 3 días mi visado, Cedric recuperó la salud de sus posaderas y la bici de Manu tenía el eje de pedalier estable. Avanzábamos con más facilidad por la planicie costera y pudimos despedirnos de Malaui con una última noche en la playa junto a la hoguera.

Antes de llegar a la frontera empecé a echar de menos las buenas vibraciones que había vivido en este país, y culpa de ello lo tuvo la gente. Los niños siempre saludaban a nuestro paso y con tal de que devolviéramos el saludo, era la fiesta para ellos y gritaban de euforia. La música sonaba en cada pueblo que cruzábamos y la gente era realmente feliz. Prácticamente todo el mundo hablaba ingles, lo cual nos hizo muy fácil la comunicación, poder bromear con ellos y mantener el buen rollo.

“Un grupo de viajeros nunca es una comunidad, sino una familia”

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