Etapas

25/04/2016 Tukuyu – Ipinda (37 Km).

26-27-28-29/04/2016 Hospital de Tukuyu.

30/04/2016 Tukuyu – Mbeya (31Km).

01/05/2016 Descanso Mbeya.

02/05/2016 Mbeya – Kimani (95 Km).

03/05/2016 Kimani – Aldea Masáis (69 Km).

04/05/2016 Aldea Masáis – Madibira (50 Km).

05/05/2016 Madibira – Kiwere (42 Km).

06/05/2016 Kiwere – Mafinga (24 Km).

07/05/2016 Mafinga – Iringa (78 Km).

08/05/2016 Iringa – Ruaha Mbuyumi (105 Km).

09/05/2016 Ruaha Mbuyumi – Cocodrile Camp (12 Km).

10/05/2016 Cocodrile Camp – Mikumi (65 Km).

11/05/2016 Mikumi – Doma (50 Km).

12/05/2016 Doma – Sanga Sanga (50 Km).

13/05/2016 Sanga Sanga – Msolwa (88 Km).

14/05/2016 Msolwa – Dar es-Salam (121 Km).

15-16-17/05/2016 Descanso en Dar es-Salam.

18/05/2016 Dar es-Salam – Bububu (Barco a Zanzíbar) (28 Km).

19/05/2016 Bububu – Nungwi (49 Km).

20-21-22-23-24-25-26-27-28-29-30/05/2016 Descanso en Nungwi.

31/05/2016 Nungwi – Bububu (66 Km).

01/06/2016 Bububu – Kipumbwi (Barco de salida de Zanzíbar) (30 Km).

02/06/2016 Kipumbwi -Pangani (31 Km).

03-04-05-06-07/06/2016 Descanso en Pangani.

08/06/2016 Pangani – Segera (79 Km).

09/06/2016 Segera – Mkomazi (102 Km).

10/06/2016 Mkomazi – Same (75 Km).

11/06/2016 Same – Moshi (109 Km).

12-13-14/06/2016 Descanso en Moshi.

15/06/2016 Moshi – Arusha (77 Km).

16-17-18-19-20-21-22/06/2016 Descanso en Arusha.

23/06/2016 Arusha – Makuyuni (81 Km).

24/06/2016 Makuyuni – Karatu (66 Km).

25/06/2016 Karatu – Mangola (52 Km).

26/06/2016 Mangola – Lago Eyasi (42 Km).

27/06/2016 Lago Eyasi – Granja Masáis (79 Km).

28/06/2016 Granja Masáis – Mwanhuzi (74 Km).

29/06/2016 Mwanhuzi – Kishapu (81 Km).

30/06/2016 Kishapu – Ng´wamhaya (109 Km).

01/07/2016 Ng´wamhaya – Mwanza (92 Km).

02-03-04-05-06-07/07/2016 Descanso en Mwanza.

08/07/2016 Mwanza – Chibingo (137 Km).

09/07/2016 Chibingo – Nyamahanga (109 Km).

10/07/2016 Nyamahanga – Kasulu (105 Km).

11/07/2016 Kasulu – Rusumo (24 Km).

12-13/07/2016 Descanso en Rusumo.

14/07/2016 Rusumo – Kayonza (Entrada en Ruanda) (92 Km).

Tanzania

Por suerte no tuve ningún problema para cruzar la frontera. Antes de que expirara mi visado de Malaui fui a una comisaría para pedir una extensión, aunque el procedimiento fue muy raro. Escribieron una carta a mano, le pusieron un sello y después comenzamos a negociar el precio. Conseguí tres días extras por menos de un dólar. Presenté el papel en la frontera con bastantes dudas, pero al final no hubo ningún problema, estaba todo en orden.

Cedric, Manu y yo entramos juntos a Tanzania, la primera vez que cruzaba una frontera acompañado. Nos compramos cada uno el mismo modelo de gafas cutres con colores chillones, solo para dar la nota y reconocernos si nos separábamos. Pedaleamos un par de kilómetros y nos ofrecieron acampar en una pequeña granja. Por la noche llovió con fuerza, Cedric y yo sufrimos una pequeña inundación en la tienda de campaña pero Manu durmió como un bebé. No fue una noche muy agradable.

Por la mañana estábamos bastante cansados, pero nada fuera de lo común. Nos pusimos en marcha pero a las dos horas Cedric empezó a flojear. Se quedaba constantemente atrás, solo podía subir las pendientes empujando la bicicleta cuando de costumbre él iba en cabeza, y notamos que tenía un poco de fiebre. Había un hospital a pocos kilómetros y le animamos a continuar un poco más. Teníamos claro la prueba que debían hacer a nuestro colega, el test de malaria.

Sorprendentemente nuestro amigo había pedaleado 37 kilómetros padeciendo dos tipos de malaria, una de ellas cerebral. Lo ingresaron para empezar con el tratamiento de inmediato y se me quedó grabado en la memoria la frase de la enfermera: “Tranquilos que no se va a morir, lo hemos pillado a tiempo”. Aunque Manu y yo nos encontrábamos perfectamente, nos hicimos el test por seguridad. A los cinco minutos, mientras yo estaba dando brincos de alegría por un claro test negativo, se acercó mi colega con cara de situación y me dijo: “Yo también la tengo”.

Manu acampó conmigo en el césped del hospital, no se encontraba del todo mal y la habitación de Cedric ya era un gasto considerable, aunque todo parecía poco para ayudar a nuestro compañero. La primera noche no bajo de los 40 °C de fiebre, estuve con el hasta altas horas de la madrugada, no paró de sudar y delirar hasta que salió el sol.

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(Llegada al hospital de Tukuyu)

La noche antes de cruzar la frontera y entrar en Tanzania, nos despedimos de Malaui con una hoguera en la playa tomando unos tragos. Nos fuimos a dormir bastante mareados y con la borrachera a Cedric se le olvidó poner la mosquitera, Manu no revisó la tienda de campaña y yo recuerdo perfectamente que maté a dos mosquitos dentro de la mía. Esa fue la razón de todo lo que vivimos en el hospital de Tukuyu.

A los cuatro días de tratamiento todo volvió a la normalidad. Nos despedimos de las enfermeras, habían sido todas un encanto con nosotros. Me gustaría decir lo mismo de los doctores, pero había alguno que era un espectáculo pasando consulta totalmente borracho.

De nuevo en la ruta llegamos a la ciudad de Mbeya, donde decidimos marcarnos un directo hasta Dar es-Salam. Muchos ciclistas me advirtieron de los temerarios conductores tanzanos, aunque a mi no me pareció fuera de lo normal. Por mi experiencia fue peor en Irán, Vietnam y Perú.

La primera noche de acampada dejamos la carretera para adentrarnos en una pista de tierra y dormir junto a un enorme Baobab. Necesitábamos recuperar el sabor de la aventura y dejar atrás el desagradable episodio con la malaria. Amanecí con una garrapata correteándome por el cuerpo, aun no había mordido así que fue fácil quitármela del brazo. Manu al levantar la tienda se encontró un pequeño escorpión amarillo, uno de los cabroncetes. Estábamos contentos, habíamos vuelto a la aventura y ese mismo día cumplí los 55.000 kilómetros de viaje.

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(Primera acampada post-malaria)

A la altura de Rujewa decidimos dejar el asfalto y continuar 200 kilómetros por pista de tierra, lo cual fue todo un acierto. Nos adentramos en territorio masái, cruzando de aldea en aldea parábamos a hablar con alguno de ellos, aunque no nos hicieron mucho caso. Llevaban las orejas perforadas, el palo para pastorear, el cuchillo y el rungu, un palo tallado a partir de la raíz de una acacia que usan como arma de defensa personal.

Finalizando la tarde decidimos inspeccionar un pequeño camino que abandonaba la pista de tierra principal, queríamos ver si encontrábamos una aldea donde nos dejaran acampar. Primero preguntamos a un señor en bicicleta, pero al vernos soltó la bici y salió corriendo. Fuimos a preguntar a unas señoras que transportaban bidones de agua en la cabeza y lo mismo, huyeron ante nuestra presencia. Estaba claro que por ahí no pasaban muchos “musungus” (blancos). Por suerte nos topamos con un masái que si quiso acercarse a nosotros. Con tres palabras de inglés que él conocía, más tres de suajili por nuestra parte, fue suficiente para que nos invitara a su granja. Amable gesto que nos hizo sentir seguros, el territorio de los leones estaba a 30 kilómetros al norte y preferíamos acampar cerca de alguien que había nacido y crecido en esa tierra.

Esa noche compartieron la cena con nosotros, un poco de ugali con verduras, y dormimos junto a los enormes baobabs. Según cuenta la leyenda, largo tiempo atrás el baobab era considerado como el más hermoso de los árboles de la tierra. Los dioses quedaron fascinados con su envergadura, su fortaleza y el colorido de sus flores, así que decidieron concederle el don de la longevidad. El baobab empezó a crecer y a crecer hasta que su altura lo volvió arrogante y advirtió a los mismos dioses que pronto los alcanzaría poniéndose a su altura. Cuando sus ramas estuvieron cerca de tocar el cielo los dioses castigaron su arrogancia condenándolo a vivir al revés, con sus ramas y flores enterradas en la tierra y sus raíces al aire.

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(Acampando en la granja masái junto a los baobabs)

Por la mañana disfrutamos de la pista de tierra, estaba muy tranquila aunque demasiado para nuestro gusto, nos hubiera encantado ver algún animal. Cuando llegamos al pueblo de Madibira, los policías nos ofrecieron una de sus oficinas para pasar la noche, se acercaba una gran tormenta y era un buen lugar para dormir. No perdimos el tiempo y resguardamos las bicicletas, nos pusimos el bañador y en cuanto comenzó a diluviar salimos a la calle a darnos una ducha natural. Con la oscuridad salí a ver todas las estrellas en el cielo, llevaba 2 años 7 meses, 4 días y más de 55.000 kilómetros de viaje. En esos momentos siempre sentía una sensación extraña en la boca del estomago. Eran instantes únicos en los que valoraba más que nunca la experiencia que estaba viviendo.

La ruta se nos complicó para volver al asfalto. Cruzamos varias montañas y colinas, la pista de tierra empeoró y fue muy duro pedalear con el viento en contra. Pero nada es imposible y en cuanto sentimos la lisa superficie de la carretera aceleramos el ritmo.

Una noche refrescó más de la cuenta, el frío se mezcló con el sudor de mi camiseta y al amanecer no me encontraba muy bien. A lo largo del día me fue imposible no caer en la paranoia de la malaria. Estaba convencido de que era solo un resfriado, es una sensación que he vivido muchas veces, pero el miedo y la incertidumbre me hizo dudar. Por la tarde llegamos al pueblo de Ruaha Mbuyuni, junto al río Great Ruaha. No tenía fiebre pero fui a la clínica para hacerme la prueba de la malaria, pero desafortunadamente se les habían acabado los test. Durante toda la noche dormí dentro de la tienda de campaña pegado a mi termómetro, a la mínima subida de temperatura iría directo a la clínica. Pero no paso nada, estaba fresco como una lechuga resfriada.

Kilómetros después y con la llegada a la ciudad de Mikumi nos preparamos para atravesar el Parque Nacional, uno de los pocos que cuenta con carretera asfaltada y en el que está permitido pedalear. Cabía la posibilidad de cruzarnos con hienas y leones, así que entramos a media mañana, cuando aprieta el calor y la actividad de los depredadores se reduce. Lo primero que nos recibió fue un enorme cartel: Peligro, vida salvaje próximos 50 Km. No tardamos en cruzarnos con manadas de elefantes, cebras, antílopes, Ñus, jirafas y cientos de aves de todo tipo que nos sobrevolaban. Alucinante!

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(Entrada al Parque Nacional de Mikumi)

Pasamos por delante de varias puertas de acceso al verdadero Parque Nacional, donde los animales paseaban por la sabana y evitaban la carretera. Pero teníamos que pagar cada uno 30 $ por la entrada de un día y otros 30 $ por cada noche en el camping, algo imposible para nuestros bolsillos. Comenzamos a buscar un lugar donde acampar de “ilegales”, pero toda la hierba era alta y densa, la visibilidad era muy reducida. Encontramos un solitario camino de tierra que nos llevó a una gran charca a los pies de una colina. En la orilla había varios tipos de huellas y subiendo un poco la colina teníamos unas vistas panorámicas perfectas, podíamos hacer un fuego y ver animales al amanecer. El único inconveniente es que el suelo era muy pedregoso e incómodo, lo cual no convenció a Cedric que prefirió acampar junto a la charca. Lo que empezó siendo una conversación derivo en una acalorada discusión, no quería dejar a mi amigo cometer un error. Creo que es muy peligroso poner el campamento entre un animal y el agua. Al final la noche se nos echó en cima, nos hizo dudar y decidimos continuar hasta el siguiente pueblo. Pero Cedric siguió sin entender mi postura. Creo que confundir la valentía con la estupidez puede costarte la vida en muchas ocasiones.

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(Manadas de cebras y antílopes cruzando la carretera)

Al día siguiente vivimos un momento muy interesante cuando paramos a comer unos plátanos y un par de piñas. Se nos acercó un masái que hablaba muy bien inglés, vestía con las prendas tradicionales pero también tenían un toque moderno. Saciamos nuestra curiosidad preguntándole por las tradiciones de su pueblo.

Para ellos las vacas son su forma de vida, de mantener a su familia su recurso más preciado y en términos económicos son su banco. Si un león viene a por ellas deben defender su forma de vida. A los 15 años de edad lo llevaron dentro de la sabana durante varios meses, donde un anciano le enseñó a matar leones. Tallan un rungu de las raíces de la acacia, aprenden la canción que cantan para invocar al león cuando acecha su ganado, como posicionarse y donde clavar la lanza, de rodillas y esperando al último momento para hundirla en su cuello. Una vez abaten al animal y su ganado esta a salvo, se quedan el corazón para comérselo y las garras como recuerdo. Los masáis llevan el mismo tiempo en esta tierra que los leones, ellos no matan por deporte o para vender sus pieles, lo hacen por supervivencia. Algo que a mi personalmente me infunde mucho respeto.

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(Conversando con el masái)

Logramos alcanzar la ciudad más grande del país con una última jornada de 121 kilómetros. Nos divertimos entrando por la noche en el caótico tráfico de Dar es Salam, nombre árabe que significa “Donde reside la paz”. Un contacto de warmshower, Kibwana, nos recibió en su casa situada en un barrio muy humilde.

Los días que estuvimos en Dar es-Slam no los disfruté mucho. En los barrios de la periferia las calles estaban llenas de basura, había mucho movimiento de vehículos, no se podía bajar la guardia con los Tuk Tuk psicópatas y el aire estaba cargado de polución, aunque Kibwana fue un gran anfitrión. Cuando nos llevaba por las tardes al mercado para tomar un café veíamos otra cara de la ciudad, pero en cuanto nos alejábamos volvía la dura realidad. En todo momento tuve la sensación de haber vuelto a la India.

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(Barrio de Dar es-Salam)

Nuestra meta final nos estaba esperando y era hora de conocer la paradisiaca isla. Manu consiguió un descuento de 10 dólares en cada billete del ferry y en una hora estábamos desembarcando en Stone Town. La ciudad de Zanzíbar se convirtió en un importante puerto de comercio entre Asia y África como salida hacia Europa, debido a su ubicación geográfica. En el siglo XIX el esclavismo se convirtió en uno de los negocios principales de los colonos, y la isla que conocemos hoy como el caribe africano fue en su día uno de los principales mercados de esclavos del continente.

Establecimos nuestro campamento al norte de la isla, en Nungwi, la zona turística más concurrida, pero fortuna llegamos en temporada baja. Cuando nos conocimos en Malaui pusimos como objetivo llegar juntos a Zanzíbar y después de pedalear codo con codo 1500 kilómetros había que celebrarlo. El clima era perfecto, la playa de arena blanca y agua turquesa se disfrutaba mejor saboreando mejor una cerveza bien fría, así que procuramos que no nos faltaran. Había muy buen ambiente con los lugareños, sin duda alguna el personaje más icónico es Mr. Happines, un rastafari conocido en toda la isla. Había presencia mosquitos pero ni rastro de malaria, podíamos dormir tranquilos. Durante los tres primeros días nos relajamos al máximo del paraíso al que habíamos llegado.

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(Con el Señor Wilson en la playa de Nungwi)

Cedric quería continuar y volver a Tanzania, pero Manu y yo queríamos estar una semana más y aprovechar para rediseñar mi web. Nos parecía el sitio ideal y de hecho lo era. Nos despedimos de nuestro amigo y una noche embarco en un pesquero que lo llevó hasta la ciudad de Tanga.

Hicimos la mudanza a un hotel en restauración. Conseguimos una habitación por lo mismo que nos costaba plantar la tienda en el Lodge vecino, 2 dólares por barba. No teníamos agua ni electricidad, pero en la terraza había una hamaca y vistas al mar. Todas la mañanas salíamos a correr unos kilómetros por la playa y a gozar del baño matutino. Luego tocaba anclarse al ordenador, pero siempre trabajar para uno mismo es una labor muy amena. Por las tardes tocaba vóley playa, los zanzibareños organizaban partidos todos los días al atardecer. Después tocaba un baño con el último rayo de sol, un par de cervezas y hasta el día siguiente. Quiero trabajar así toda mi vida.

Después de 10 días sin dar una sola pedalada, llegó el momento de continuar el viaje y queríamos salir de Zanzíbar viviendo una experiencia nueva. En el puerto de Mkokotoni encontramos un capitán de barco dispuesto a negociar y nos dejó el viaje bien barato. A las 16:00 subimos las bicicletas y el equipaje en un pequeño bote a remo que nos llevó hasta nuestro barco de vela, un barco típico de la isla llamado Dhow. Viajábamos con gente local, no era el típico destino que escogen los turistas. El barco era totalmente artesanal, fabricado con listones de madera, clavos, cuerdas y no tenía motor. Izaron la vela y nos alejamos de la isla con la puesta de sol, teníamos el viento a favor y surcábamos las olas con facilidad. No pude evitar moverme por el barco, de observar al capitán y su tripulación, de asomarme por la borda y contemplar el fondo marino en las cristalinas aguas, estaba entusiasmado.

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(Embarcado en el Dhow)

Pasaron dos horas hasta el atardecer. Agotado por el trasiego del oleaje acabé acostado en la proa junto a la tripulación. Cerré los ojos mecido por las olas y acariciado por la brisa, la temperatura era perfecta y el aire limpio de mosquitos, me dormí en cuestión de minutos. Pasé el tiempo inmerso en un profundo sueño hasta que el alboroto de la tripulación me despertó en plena noche. Otro barco de vela se aproximaba hacia nosotros en sentido contrario. Sacaron una “potente” linterna con la que iluminaban la vela de la embarcación, para mandarles señales de nuestra posición. Después de que nos cruzáramos con el otro velero, centré mi atención a lo que acontecía a mi alrededor. La tripulación fumaba cigarrillos y bromeaban entre ellos, el resto de pasajeros dormían en el suelo mientras el capitán hacia la ronda, el cielo estrellado era inmejorable y cuando me asomé por la borda vi el casco de la embarcación cubierto por plancton fluorescente, a medida que el brillante oleaje arrastraba más y más. Me hubiera encantado poder detener el tiempo en ese instante.

Al poco rato llegamos a una solitaria playa. No había muelle por lo que no desembarcamos hasta que llegó un bote a remos y unos hombres se subieron a bordo para ayudar a cargar todo el equipaje. Iban con mucha prisa cuando no la había, les gritamos a los barqueros varias veces “Pole Pole” (despacio en suajili), pero no hicieron ni caso hasta que a Manu casi le tiran por accidente una alforja al agua. Con las bicicletas y el equipo cargado en el bote, me quité las botas para atarlas entre ellas y colgármelas al cuello, había que saltar al agua porque el bote no llegaba hasta la arena porque volvería a por otro barco que se acercaba. Saltamos a la playa con el agua por las rodillas y las bicicletas al hombro. Tocamos tierra en mitad de la noche, preparamos el equipo en la arena y nos adentramos en un pequeño pueblo en el que pudimos conseguir algo de comida para cenar. Finalmente nos adentramos en una pista de tierra que nos brindó un lugar tranquilo en el que acampar rodeado por la naturaleza y alejados del bullicio nocturno de la civilización tanzana. La experiencia fue mil veces más enriquecedora y aventurera que el rápido y aburrido ferry en el que llegamos a la isla.

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(Amaneciendo de vuelta a Tanzania)

Amaneceos muy descansados con el sol como despertador natural. Pedaleamos 30 kilómetros hasta Pangani donde buscamos alojamiento para terminar de diseñar la nueva web del viaje. Encontramos un pequeño hostel donde nos ofrecen una habitación individual a buen precio, aunque nos advierten que no podemos dormir los dos en la misma cama. Bueno, Manu y yo nos llevamos muy bien pero no en ese sentido, les explicamos que no tenemos mucho dinero y que uno de nosotros dormirá en el suelo. Al final no nos ponen ningún problema aunque nos advierten que estábamos en una comunidad musulmana donde las relaciones homosexuales están prohibidas.

Mientras organizábamos todo el equipo en la pequeña habitación de espacio reducido, no pudimos evitar bromear ante el hecho de que no era la primera vez que nos tomaban por una parejita de viajeros con privilegios. Cayó el sol y salimos en busca de la cena, y un par de cervezas después volvimos a descansar. La noche fue tranquila con el sonido de los grillos, hasta que a las 02:00 am alguien empezó a golpear con fuerza la puerta de nuestra habitación. Manu se levantó, encendió la luz y abrió la puerta. Acto seguido asomó la cabeza de un policía que inspeccionó rápidamente nuestro cuarto. Me vio a mi tirado en el suelo con el saco de dormir y cubierto por mi mosquitera que colgaba del techo, y la desecha cama de Manu en la que dormía tranquilamente antes de que nos despertaran. El agente solo dijo en inglés “esta todo en orden” e intentó irse sin más, pero a mi me entró el típico cabreo de “¿Porqué me has despertado?”, así que la tomé con los agentes a gritos. Les hice saber mi indignación ante tal violación de la privacidad e incluso me puse de rodillas y les exigí que me detuvieran por dormir en el suelo de la habitación de mi amigo. La familia que regentaba el hostel estuvo presente en todo momento junto a los policías, y solo respiraron tranquilos cuando cerré la puerta y volví a dormirme.

Por la mañana hablamos con la familia y nos sorprendió que se disculparan. A fin de cuentas ellos cumplieron con su obligación impuesta de informar a la policía de cuando entran y salen los extranjeros en su hostel. Durante cuatro días nos brindaron hospitalidad y simpatía, y después de dedicarle 12 horas diarias al ordenador conseguimos lanzar la nueva web con la firma del diseñador Manu de Salvador (www.coloradoontheroad.com).

Volvimos al ruedo con hambre de pedalear y solo teníamos a 370 kilómetros la ciudad de Moshi. El momento más especial fue cuando amanecimos el segundo día de ruta después de acampar en una pequeña aldea junto a la cabaña del Chief. Todos los niños nos rodearon, como de costumbre, aunque desde hacia tiempo quería acercarles un pequeño juego y por fin tenía la pieza que me faltaba, la válvula de una cámara inservible de una bicicleta. A los cinco minutos ya les había preparado un cohete casero utilizando la válvula de la bici, una botella de plástico de dos litros, un litro de agua no potable y un hinchador. La primera vez que lo hice despegar me miraron muy extrañados, parecían no entender que había sucedido pero en cuanto lo repetí todos querían participar. Después de un par de lanzamientos les expliqué como lo fabriqué y entendieron rápidamente el procedimiento. Se lo acabe regalando para que lo utilizaran de modelo y así pudieran fabricar más para el resto de los niños de la aldea.

Comenzó el Ramadán y por las noches se organizaban enormes cenas a pie de calle. Aunque nosotros no seguíamos el ritual de ayunar durante todo el día, si que nos uníamos a esas magníficas cenas en las que siempre éramos bienvenidos. Cuando llegamos a Moshi nos recibió Iñigo, un joven español que lleva varios años afincado en Tanzania trabajando en su agencia de safaris ( www.moshimaasaiexperience.com ). Cada mañana al despertarnos salíamos a su terraza a ver el Kilimanjaro, pero no fue hasta el último día que la niebla nos permitió contemplarlo con total claridad. Iñigo no quiso que desaprovecháramos la oportunidad y nos subió a su 4×4. Atravesamos infinitos campos de maíz hasta que llegamos a un punto en el que la panorámica era perfecta.

El Kilimanjaro es un volcán inactivo considerado el pico más alto del continente africano con 5895 msnm de altura. Los locales dicen que si vienes a la ciudad de Moshi y no consigues verlo debes de volver, esto se debe a que la mayoría del tiempo esta cubierto por la espesa niebla. El nombre de Kilimanjaro se lo pusieron los masáis hace cientos de años, ellos no entendían porque la cima siempre era blanca y estaba iluminada, pues los masáis no conocían la nieve y por eso la llamaron “Montaña de la luz”.

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(El Kilimanjaro)

Después de unos días de descanso nos despedimos de Iñigo y pusimos rumbo a la ciudad de Arusha, a tan solo 77 kilómetros, donde nos recibió Elvis, un tanzano que dio la vuelta al mundo en bicicleta durante 4 años. Lo que iba a ser una rápida parada se convirtió en una prolongada estancia de una semana, ya que encontramos el mejor taller de bicicletas de todo el viaje en África. Elvis nos guió a las afueras de la ciudad donde un suizo había creado el paraíso de los ciclistas. Directamente importadas desde suiza llegaban cientos de bicicletas de segunda mano, lo que eran desechos en Europa aquí pasaba a ser una mina de oro. Durante varios días trabajamos las bicicletas, principalmente a Rafiki que sufrió un cambio radical, aunque Bucéfalo también recibió atenciones con un cambio de llanta delantera con eje incluido, cadena y cambio de piñones. Lo que más disfrutamos fue que las herramientas estaban a nuestra disposición y nos dejaron un espacio para trabajar a nuestro aire. Me sentí como si el taller fuera mío.

El que en teoría iba a ser nuestro último día nos invitaron a una barbacoa de “musungus” (extranjeros). Entre cerveza y cerveza conocimos a muchos europeos y uno de ellos era Oscar, Manager del Moivira Lodge. Como mi 30 cumpleaños era en un par de días, me dejó hacer una pequeña fiesta en la que pude invitar a 100 cervezas en su Lodge de lujo. El día de mi cumpleaños no me lo llegaba a creer, teníamos todo el jardín, la terraza y la piscina para nosotros…pero, ¿Quiénes éramos nosotros? Como todos mis amigos estaban en España, le dije a Oscar que invitara a sus amigos y llamé a toda le gente que conocí en la barbacoa de musungus. Acabamos siendo un grupo de 20 personas procedentes de Chile, España,, Francia, EEUU, Italia, Tanzania y hasta había una masái. El tercer cumpleaños del viaje y el único que celebré, los dos primeros los pasé acampando en mitad de la nada, solo bajo las estrellas. Decidí saltarme esa tradición porque a fin de cuentas 30 años no se cumplen todos los días.

Con la primera resaca de la nueva década que iniciaba, empaqué a Bucéfalo y continué la ruta con Manu pedaleando codo con codo hasta el Lago Victoria. Hicimos noche en Karatu y nos prepararnos para una aventura de 200 kilómetros por pista de tierra bordeando el Lago Eyasi. Iniciando la marcha partí la cadena un par de veces, me salió mal la jugada con la cadena “nueva” que compré en Arusha. La experiencia acumulada del viaje siempre me ha enseñado que es mejor aprender a lidiar con los problemas que aprender a evitarlos. Los problemas siempre forman parte del camino.

La pista de tierra estaba en muy malas condiciones, pero por lo menos teníamos el viento a favor. Conocimos paisajes mágicos, atravesamos pueblos con la esencia carismática africana y llegamos con el rojizo atardecer pedaleando entre Baobabs al pueblo de Mangola. Nos recibió la hospitalidad del Chief que nos ofreció acampar junto a su casa.

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(En Mangola junto al Chief y su familia)

Al amanecer retomamos la ruta envueltos por una energía diferente. La pista de tierra derivó de la roca gruesa a la arenilla fina que nos permitió avanzar sin mucho esfuerzo disfrutando del apoyo del viento a favor. La sabana africana, castigada por la sequía nos mostró una cara desolada y desértica, en la que atravesamos infinidad de arenosos lechos de río seco bordeados por las resistentes acacias. A todas las aldeas masáis que llegábamos nos recibían gente amigable aunque un poco desconfiada, no pasaban muchos musungus por la zona.

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(Jóvenes masáis)

Siempre que podíamos llenábamos nuestras cantimploras en los pozos. El agua a pesar de su color arenoso seguía siendo nuestro principal aliado para combatir el sofocante calor. Antes de que el sol se perdiera por el horizonte, abandonamos la pista de tierra en busca de la orilla del Lago Eyasi.

Finalmente acampamos en lo que fue la orilla en época de lluvias, el borde del lago lo teníamos a cientos de metros. Mientras instalábamos el campamento nos topamos con facóqueros, avestruces, miles de aves surcando el cielo y un escurridizo chacal, todos ellos en busca de saciar su sed en la lejana orilla.

Preparé una hoguera que durara toda la noche y reservé una enorme rama seca de acacia, llena de potentes espinas por si alguna hiena decidía visitarnos mientras charlábamos junto al fuego. Durante un par de horas dejamos que la oscuridad hicieran brillar las estrellas sobre nuestras cabezas, y la tertulia fue monopolizada por un hecho muy especial. Ese día fue mi día 1000 de vuelta al mundo.

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(Finalizando el día 1000 de vuelta al mundo)

Cuando abrimos los ojos por la mañana, lo primero que buscamos fue si había huellas de depredadores alrededor de nuestro campamento, pero ni rastro. Volvimos a la pista de tierra y pedaleamos 60 kilómetros a gran velocidad a pesar de estar en ayunas, éramos los Lance Armstrong de la pista de tierra. El agua de los pozos era rica en minerales y nos dio el último empujón para llegar a un pequeño pueblo que ni sale en el mapa. Nos sorprendimos al toparnos con un enorme mercado en el que saciamos nuestro hambre a base de patatas, huevos, judías, arroz y varios refrescos. Continuamos la marcha con la panza llena acortando distancias entre nosotros y el asfalto, pero no podíamos irnos de aquel lugar sin una última noche de acampada. Encontramos una solitaria granja de masáis rodeada por un muro de ramas secas de acacia. Nos abrieron las puertas con la habitual hospitalidad del continente. Gracias a mi compañero de viaje y a su habilidad con la cámara fotográfica, pudimos inmortalizar aquella mística noche en la sabana africana.

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(Acampando en la granja masái)

A pesar de vivir grandes aventuras al adentrarme donde el asfalto termina, siempre me ha gustado el equilibro al alternar lo salvaje con la civilización, y ya echábamos de menos el asfalto. Después de cruzar el río Sibiti por un par de monedas en una rudimentaria embarcación de madera, empezamos a soñar con el liso y firme alquitrán, pero engañados por las líneas del mapa nos topamos con una carretera en construcción. La pista de tierra terminó para dar lugar a un sendero de roca suelta y polvo, con un denso tráfico de autobuses guiados por conductores psicópatas. Por delante teníamos 150 kilómetros hasta la verdadera carretera. Después de un par de días esquivando las rocas que proyectaban los autobuses con las ruedas, alcanzamos la carretera donde volvimos a nuestro ritmo habitual de pedaleo.

Todo en la vida tiene un principio y un final, aunque hay veces que da lugar a paréntesis que nos ayudan a entender que en ocasiones el final no existe. Cuando llegamos Mwanza pusimos un punto y aparte en nuestro viaje. Acampamos en un camping a orillas del Lago Victoria, el segundo lago de agua dulce más grande del mundo, y comenzamos a planificar nuestro reencuentro. Manu quería poner rumbo a Kenia y después a Etiopía, pero yo necesitaba conocer Ruanda y Uganda, así que decidimos seguir cada uno nuestro camino hasta volver a reunirnos en Addis Abeba.

Los primeros días nos centramos en el mantenimiento de las bicicletas y en trabajar con el ordenador. Una tarde decidimos escalar a la cima del Capri Point para ver el atardecer cual pareja de enamorados. Ya en lo alto subimos a una enorme roca en la que había tres señores que también esperaban a contemplar el ocaso en el Lago Victoria. Había una gran roca frente a nosotros y me pregunté en voz alta si podría llegar de un salto, a lo que contestó uno de los tres señores: “Si te caes te vas a meter una leche que te cagas”. Gracias a esa castiza expresión española conocimos a Kike, un malagueño dedicado al transporte aéreo de turistas. Kike se convirtió en nuestro anfitrión, nos enseñó la ciudad, nos presentó a muchas amistades y vivimos buenos momentos compartiendo unas cervezas. El último día hicimos la mudanza del camping a su casa y nos ayudó a terminar todas las gestiones que teníamos pendientes para continuar el viaje. Fue todo un acierto dudar antes de saltar a aquella roca, a la que por cierto no salté porque efectivamente, me hubiera metido una leche que te cagas.

Colorado on the road Diario Tanzania .16

(Atardecer en el Lago Victoria)

Llego la hora del hasta luego. Manu me acompañó al ferry que me llevaría a la otra orilla del Lago Victoria para seguir mi camino hacia la frontera con Ruanda. Había pedaleado miles de kilómetros junto a él y después de tantas experiencias vividas en solitario alrededor del mundo, en ese momento viví una de las más dolorosas, separarme de mi compañero de viaje definitivo.

De camino a la frontera con Ruanda, me di cuenta de que habíamos tomado una de las mejores decisiones del viaje, ya que volver a viajar cada uno por su cuenta nos haría comprender desde otro punto de vista el gran equipo que formamos.

Gracias al anuncio de publicidad que protagonicé para la marca de whisky Glenfiddich, mi viaje por África dio un cambio económico radical. Cuando entraron en contacto conmigo me preguntaron que me motivó a tomar la decisión de dar la vuelta al mundo. Mi respuesta se convirtió en uno de los slogans de la campaña: “Lo más importante de tomar una decisión no es tomarla, sino llevarla a cabo”.

Colorado on the road Diario Tanzania .17

(Junto a Manu en el Lago Eyasi)