Etapas

17/09/2016 Metema – Doka (Entrada en Sudán) (96 Km).

18/09/2016 Doka – Mezquita (106 Km).

19/09/2016 Mezquita – Al Fao (122 Km).

20/09/2016 Al Fao – Abu Frou (117 Km).

21/09/2016 Abu Frou – Jartum (140 Km).

22-23-24-25-26-27/09/2016 Descanso en Jartum.

28/09/2016 Jartum – Algún sitio en el desierto (136 Km).

29/09/2016 Algún sitio en el desierto – Mezquita perdida en el desierto (86 Km).

30/09/2016 Mezquita perdida en el desierto – Algún sitio en el desierto (90 Km).

01/10/2016 Algún sitio en el desierto – Al Dabbah (60 Km).

02/10/2016 Al Dabbah – Altite (117 Km).

03/10/2016 Altite – Kerma (103 Km).

04/10/2016 Kerma – Kokka (63 Km).

05/10/2016 Kokka – Niser (53 Km).

06/10/2016 Niser – Abri (56 Km).

07/10/2016 Abri – Akasha (73 Km).

08/10/2016 Akasha – Wadi Halfa (122 Km).

09/10/2016 Wadi Halfa – Abu Simbel (Entrada en Egipto) (46 Km).

Sudán

La frontera era un completo barrizal, pero no nos dio reparo ensuciarnos enteros con tal de salir de Etiopía. En Adís Abeba conseguimos el visado para Sudán, un permiso de transito de 14 días por 65 dólares, pero en la frontera debimos pagar 35 dólares por barba por un registro de extranjeros.

Cuando comenzamos a pedalear las sensaciones fueron muy acogedoras. Nada más salir del último punto de control, las primeras personas que nos cruzamos por la carretera fueron unos chavales montando en burro. No hubo gritos, ni “you!”, ni “Freinch”, ni “Give me money”, ni pedradas, ni agobios, solo niños tranquilos que nos miraron a la vez que nos saludaba asintiendo con la cabeza…que paz! Durante la primara hora me di cuenta de que volví a tener pensamientos mientras pedaleaba, pensamientos positivos y equilibrados. Dejé de estar alerta.

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(Niños sudaneses)

La primera noche acampamos junto a la mezquita de un pequeño pueblo. Hablando con el imán, después del cordial saludo “Salam aleikum” “Aleikum salam”, nos recibió con mucha sencillez, nos ofreció agua y lugar donde montar el campamento. Antes de dormir le decía a Manu: “Te va a encantar la hospitalidad de los musulmanes”. Nada más cruzar la frontera el cambio de energía fue radical, nos sentíamos tranquilos y relajados.

Nuestro primer objetivo era llegara a Jartum, la capital, a 580 kilómetros. El camino consistía en una llanura infinita si apenas viento. A medida que ascendíamos hacia el norte, el calor se iba haciendo cada vez más evidente pero la vegetación aun seguía presente. Tardamos un par de día en dejar de ver campos de cultivo en los que el suelo era un barro arcilloso que hacía imposible pedalear por el. Después de una breve y desastrosa incursión para hacer acampada libre que terminó con una hora de limpieza para devolverle el giro a las ruedas, decidimos que nuestro lugar de descanso siempre serían las mezquitas.

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(Luchando porque bucéfalo no se llenara de barro arcilloso)

La ruta hasta la capital fue toda una gozada, se me da bien el calor y atravesar desiertos. El viento nos favorecía, el terreno era llano y cada 40 kilómetros encontrábamos un oasis con agua, refrescos y comida. Haya donde parasemos siempre encontrábamos una sombra con gente agradable, lleno de camas sudanesas disponibles para cualquiera que quisiera relajarse del calor del desierto. No me preocupaba perder de vista a Bucéfalo, el respeto que tienen hacia las pertenencias de otro ser humano es tal, que en las horas que más apretaba el sol dormíamos la siesta dejando las bicicletas totalmente expuestas. Cada noche acampábamos en las mezquitas donde reciben a cualquier persona con toda su hospitalidad. Nos daban comida, abundante agua para beber y la total confianza de saber que descansábamos en lugar seguro. Antes de dormir era una gozada mirar las estrellas envuelto por el silencio, sin un solo mosquito alrededor, con la tienda preparada y la ropa limpia colgada de bucéfalo secándose al viento…que satisfacción, que libertad!

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(Echando la siesta en una cama sudanesa)

Cuando llegamos a Jartum fuimos directos al único hostal asequible. Desde que salimos de Lalibela no habíamos parado de pedalear y necesitábamos prepararnos para el reto que se nos venía encima. Por algo menos de 7 dólares conseguimos una habitación doble en el centro de la ciudad, y el aire acondicionado fue un regalo caído del cielo.

Nuestro mayor problema fue afrontar que no podíamos acceder a nuestro dinero. Ninguna tarjeta extranjera es aceptada en los bancos sudaneses ni tampoco está permitido que recibiéramos un envío de dinero. Aun teníamos algunos dólares para mantenernos en Jartum, pero ni por asomo sería suficiente para llegar hasta la frontera con Egipto. Invertimos parte del dinero en repuestos para las bicis y yo conseguí un par de pestañas y un tensor para el buje, cruciales para que Bucéfalo y Rafiki (la bici de Manu) siguieran luchando.

Conseguí llegar a un acuerdo con el dueño del hostal para pagarle la factura con mi cámara digital. A fin de cuentas viajaba con un fotógrafo profesional y amorticé una cámara de 100 dólares durante 36.377 kilómetros y 6 noches de hotel con aire acondicionado. Fue una medida necesaria que nos acercó a superar el reto de cruzar el desierto de Sudán. El termómetro subía hasta los 43°C pero procuramos que dentro de nuestra habitación siempre fuera invernalia.

Nos pusimos de nuevo en marcha dispuestos a cruzar 1000 kilómetros de desierto a 50°C y enfrentar al verdadero enemigo, el viento en contra. Antes de abandonar la ciudad visitamos la confluencia del Río Nilo, en el que el Nilo Blanco y el Nilo Azul formaban un único cauce hasta el Mar Mediterráneo.

La estrategia para hacer frente al calor del desierto es sencilla: Tapar la piel. Con sobrero, un pañuelo de cuello que tape la cara, camiseta fina de manga larga y guantes, los rayos del sol se vuelven menos amenazadores.

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(Pedaleando junto a Manu)

Mi compañero superó con éxito la primera jornada pedaleando a 47°C, estaba animado. Aunque la suerte quiso que el viento no soplara como esperábamos y fue el segundo día cuando comenzó la verdadera batalla. Después de adentrarnos en el desierto 200 kilómetros, el termómetro subió hasta los 52°C y el viento adquirió su curso normal dirigiéndose hacia el sur. La sensación era la de pedalear contra un muro de aire que abrasaba cada centímetro de piel que dejábamos expuesto, mientras luchábamos por encontrar el siguiente oasis en un horizonte infinito. La capacidad mental que hay que tener para afrontar un reto de tal calibre, es común entre los curtidos viajeros y más nos valía tenerla, porque aun nos quedaban 800 kilómetros por delante y ni un solo dólar en el bolsillo.

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(51.8 °C)

Por muy duras que sean las condiciones nunca hay que dejar de lado las oportunidades que se presentan en el camino. En el transcurso del segundo día nos topamos con un grupo de Kababish, una tribu de pastores de camellos. Mi curiosidad por montar uno nació cuando me crucé al primero pedaleando por Kenia. Los pastores nos invitaron aun té y les pregunté si podía subir a uno de sus camellos. Primero me pidieron algo de dinero, como cabía esperar, les hizo gracia cuando les dije “No money my friend”. Charlamos, bromeamos y al final me dejaron dar una vuelta en uno de sus camellos más tercos. El calor no derrite los sueños, y Bucéfalo supo perdonar la infidelidad.

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(Montando a camello con los Kababish)

El fuerte viento empezó a ser un problema muy grave. No podíamos dejar de pedalear ni un solo segundo, si nos deteníamos el viento nos frenaba en seco. Hacíamos esfuerzos sobre humanos para avanzar 10 kilómetros en una hora sin apenas levantar el culo del asiento, a lo que se sumaba el sudor acumulado en mis curtidas posaderas, lo que derivó en un frustrante dolor de nalgas.

Decidimos empezar a pedalear de madrugada, levantamos a las 04:30 para estar en marcha a las 05:00 am. Envueltos por la oscuridad no sentíamos ni una ráfaga de viento, continuó así hasta el amanecer y las corrientes de aire no se formaron hasta que el sol se había posicionado en el horizonte. En dos horas habíamos avanzado casi 50 kilómetros y aguantamos el ritmo hasta el mediodía, cuando el horno de convección en el que viajábamos se hacía insufrible. Nos detuvimos en un oasis en el que nos invitaron a comer. Sudán es el país más sencillo en el que he viajado sin dinero. La hospitalidad del desierto sumada a la hospitalidad musulmana hacían que haya donde pidiéramos ayuda, nos respondieran con un plato de judías con pan y un lugar donde dormir. Nos echamos la siesta con la panza llena y la mosquitera puesta para frenar a las moscas, esperando al atardecer para continuar cuando el viento aflojara.

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(Durmiendo sin moscas)

Retomamos la marcha antes de que el sol se pusiera con la intuición de que el viento cesaría con la oscuridad. Queríamos pedalear hasta la medianoche pero el desierto quiso demostrarnos quien es el que manda ahí.

La primera hora de noche fue marcada por el cielo estrellado y fuertes rachas de viento. Teníamos la opción de retroceder hasta el anterior oasis, pero en nuestra mentalidad rendirse nunca es una opción. Continuamos recortando distancia con el siguiente asentamiento, donde encontraríamos agua y cobijo, pero el viento era cada vez más y más fuerte. En un determinado punto se hizo la calma, había tanta oscuridad que no nos dimos cuenta de que era hasta que tuvimos enfrente la montaña rocosa que nos proporciono esa tregua. La bordeamos y entonces nos golpeó de frente la tormenta de arena, casi ni podíamos abrir los ojos. La linterna dejó de ser útil, solo veíamos una pared marrón frente a nosotros. Decidimos continuar hasta que apenas pudimos mantener el equilibrio. Estábamos cerca, muy cerca, habíamos atravesado 4 kilómetros de un muro de arena y solo quedaban 8 más, pero las fuerzas nos dijeron basta. Hicimos lo más sensato, volver hasta la montaña y acampar bajo su abrigo. En el momento que cambiamos el sentido avanzamos prácticamente sin dar una sola pedalada. Abandonamos el asfalto para adentrarnos en una pequeña duna a los pies de la montaña, donde instalamos el campamento y pasamos la noche.

Por la mañana nos despertó nuevamente el viento, el calor empezó a apretar pero por fortuna la tormenta había pasado. Cuando los obstáculos del camino no me dejan avanzar siempre me digo: “Lo que iba a ser el final del objetivo de ayer, pasa a ser el principio del objetivo hoy”.

Así es como amanecí en el aniversario de mi tercer año de vuelta al mundo. Desayuné junto a mi socio un trago de agua arenosa y avanzamos 12 kilómetros en ayunas con el viento en contra. Alcanzamos un punto de control de la policía donde nos dieron agua fría y dátiles. Descansamos media hora y continuamos pedaleando. Así es como se avanza.

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(El amanecer después de la tormenta de arena)

Después de una dura jornada, decidimos parar dormir en Al Dabbah. Conocimos a unos camioneros que nos invitaron a cenar y nos dejaron dos camas sudanesas para dormir bajo las estrellas. Por la noche apenas refresca y sin un solo mosquito por la zona es una gozada dormir al aire libre. Nos ponemos en marcha a las 04:00 am, a esa hora no hay viento, ni calor, ni tráfico en la carretera. Avanzamos 60 kilómetros con normalidad hasta que sale el sol y comienza nuevamente la guerra contra el viento. A mediodía nos detuvimos en un oasis donde encontramos ayuda en forma de agua, comida y una cama en la que descansar. Cada vez tenemos más marcada nuestra estrategia y al atardecer le plantamos cara un par de horas más al desierto. Encontrar donde dormir es facilísimo porque en las mezquitas siempre somos bienvenidos, pero la mayoría de las veces que preguntamos por el lugar de culto, la propia persona a la que preguntamos nos invita a su casa.

Cuando estuve en Botsuana conocí a un insecto al que le apodaron “Kalahari Ferrari”, por ser muy común en el desierto del sur de África y por correr a gran velocidad. El verdadero nombre del insecto es “Araña camello”, y vi unas cuantas en Botsuana pero en el desierto de Sudán había zonas que era exagerado. A pesar de su terrible apariencia no son peligrosas para los seres humanos, pueden alcanzar los 15 centímetros de tamaña y una velocidad de 16 km/h. Era imposible no sentir un escalofrío al alejarse del oasis en plena noche para echar una meadita y verlas correr por la llanura.

Camel spider or Solfugid

(Araña camello)

Durante un tramo decidimos alejarnos de la carretera principal y probar suerte por una carretera secundaria que bordea el Río Nilo. Al principio la experiencia mereció la pena, conocimos los pequeños pueblos del Nilo, asentamientos tranquilos, sencillos y cargados de tradición. Después se terminó la carretera y en vez de volver a la principal continuamos por pista de tierra, necesitábamos algo de aventura. El camino de tierra era cada vez peor, como siempre el viento en contra y nos alcanzaron las horas de más calor. Pedaleamos 20 kilómetros por el auténtico desierto de Sudán antes de volver al asfalto y no nos quedaron ganas de repetirlo. Terminamos el día en un oasis donde conocimos a un canadiense que iba hacia el sur, el pedazo de cabrón pedaleaba con el viento a favor, haciendo medias de 150 kilómetros diarios y en cima se nos quejó por el calor.

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(Pista de tierra en el Desierto de Sudán)

Hay días que el viento es una locura. Nos da la sensación de estar escalando un puerto de montaña de 600 kilómetros de largo. Nos despertamos a las 03:00 am para ponernos en marcha pero somos incapaces de movernos. Nada más abrir los ojos notamos el viento en la cara, ya ni afloja por las noches. Se nos hunde la moral y el cansancio acumulado es demoledor.

El agua que bebemos de las vasijas de barro que hay en todos los pueblos y oasis proviene directamente del Río Nilo. Los sudaneses no la purifican y aplicamos la norma de si ellos la beben nosotros también. Durante diez días bebimos por jornada una media de 5 litros de agua del Río Nilo sin tener graves problemas. Al final el estomago lo teníamos un poco débil y los últimos días vomitamos un par de veces, pero seguimos adelante.

Atravesar el Desierto de Sudán fue una auténtica aventura, aunque podríamos haber caído en la tortura psicológica de no haber sido por la hospitalidad de los sudaneses. Una jornada aguantamos uno de los peores vendavales soportando 50°C, avanzamos lento y con serias dificultades para mantener el equilibrio, hasta que al mediodía llegamos a una mezquita. Apoyamos las bicicletas, nos descalzamos y antes de llamar a la puerta nos recibió el imán. No hablaba nada de inglés pero entendió que necesitábamos descansar. Se dio la vuelta, agarró dos almohadas y nos las ofreció para que durmiéramos en la gran alfombra. Cerramos los ojos durante unas horas aliviados por el frescor de los ventiladores. Cuando el hambre llamó a nuestro estomago no tuvimos más opción que la de mendigar, no teníamos nada de dinero. Junto a la mezquita había un pequeño pueblo de casas de adobe. Deambulamos por sus calles hasta que vimos una puerta abierta, nos asomamos a preguntar y nos recibió un sudanés. ¡Salam Aleikum! Gritó el hombre mientras se nos acercaba con una enorme sonrisa y los brazos abiertos. Necesitamos comida, le dijimos con gestos mientras nos llevábamos los dedos a la boca y la mano a la tripa. En dos minutos estábamos sentados y comiendo. Fue tan vital y a la vez sencillo desconectar de los agobios del desierto, que de no haber sido por los sudaneses jamás habríamos cruzado el desierto.

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(El poder del viento en el desierto)

La última noche llegamos a Wadi Halfa haciendo 122 kilómetros. Con la oscuridad cesó el viento y pedaleamos bajo las estrellas rodeados por un silencio que casi no pudimos apreciar. Debido al continuo impacto del viento en nuestras orejas nos pitaban los oídos como si hubiéramos salido de una discoteca. Al día siguiente pedaleamos los últimos 30 kilómetros hasta la frontera, y entramos en Egipto después de haber superado codo con codo el reto más duro de todo el viaje en África, y para mi, personalmente, el desierto más extremo de toda mi vuelta al mundo. Si tu espíritu está motivado, tu cuerpo le seguirá.

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(Junto a Manu en la frontera con Egipto)