Etapas

15/07/2016 Kayonza – Kigali (92 Km).

16-17/07/2016 Descanso en Kigali.

18/07/2016 Kigali – Plantación de té (102 Km) (Entrada en Uganda).

19/07/2016 Plantación de té – Nyongozi (107 Km).

20/07/2016 Nyongozi – Akageti (101 Km).

21/07/2016 Akageti – Makara (91 Km).

22/07/2016 Descanso en Makara.

23/07/2016 Makara – Kampala (132 Km).

24/07/2016 Kampala – Jinja (97 Km).

25/07/2016 Jinja – Busia (118 Km) (Entrada en Kenia)

Ruanda y Uganda

Iniciaba una nueva etapa sin mi compañero Manu de Salvador. Por el paso fronterizo de Rusumo dejé atrás Tanzania para adentrarme en Ruanda. Parecía que comenzaba una nueva aventura por el país de las 1.000 colinas, aunque las primeras sensaciones fueron como si hubiera vuelto a Malaui. Carreteras sin mucho tráfico de vehículos pero muy transitada por personas a pie y en bicicleta, escuchando cada 30 segundos a alguien gritar a mi paso “musungu”. Parando a comer y a acampar sin peligro alguno rodeado de gente tranquila y cercana.

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(Carretera a Kigali)

Llegué a Kigali la segunda tarde en mi cuadragésimo segundo país de la vuelta al mundo. Me sorprendió entrar en una ciudad bastante europea, aunque claro está, con ciertas diferencias que no me despegaban de la realidad de que seguía en África. Aun así fue muy relajante entrar en una capital ordena y limpia, la primera en el viaje desde que dejé atrás Windhoek, la capital namibia.

Fui directo a la casa de Ayoze, un canario viajero y aventurero que trabaja en una productora realizando documentales para National Geographic. Me recibió con los brazos abiertos y planté la tienda en su jardín. Tenía ducha caliente, lavadora, supermercados y variedad de comida, había entrado en una pequeña burbuja que me trasladó al primer mundo.

La primera noche me llevó a una fiesta en casa de unos amigos. Nada más llegar me llevé la enorme sorpresa de encontrarme con un valenciano preparando una auténtica paella. Cuando me dio un plato con una generosa ración me olvidé de todo lo que me rodeaba, de la gente, la cerveza y el resto de la comida, solo saboreaba cada cucharada que me trasladaba a mi casa.

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(Comiendo paella en Kigali)

A la mañana siguiente aproveché la oportunidad de encontrar una peluquería para musungus. Intenté cortarme el pelo en Arusha, Tanzania, pero el peluquero no tenía ni idea de cómo empezar. Me agarró un mechón de pelo del flequillo, lo estiró sosteniéndolo desde el extremo y cortó por la mitad mientras me miraba por el espejo con una expresión en la cara de “No tengo ni idea de lo que estoy haciendo”. Acto seguido me levanté indignado y me reconoció que era la primera vez que un musungu entraba en su peluquería. No lo culpé porque es algo normal, cada pelo es un mundo. Soy de la clase de machos femeninos que adora su melena, así que no me importó pagar por un corte de pelo en una peluquería situada en un privilegiado barrio de Kigali.

Por la tarde volví a casa y me dediqué a organizar todo el material y a darle cuidados a Bucéfalo. Estuve todo el tiempo muy reflexivo, intentando comprender el lugar en el que estaba y todo lo que ocurrió en la tierra que llevaba pisando desde hacia un par de días.

Entré en Ruanda a mediados del mes de julio de 2016, 22 años después del final de la ola de violencia que se desató en el país aquel fatídico 6 de abril de 1994. Durante décadas se fue acumulando la tensión entre las comunidades hutus y tutsis, hasta que todo ese odio dio lugar al Genocidio de Ruanda, un intento de exterminio de la población tutsi por parte del gobierno hegemónico hutu.

Desde que entré al país, cada vez que veía a algún joven mayor de 22 años, a hombres o mujeres adultas, no podía dejar de pensar en como lo vivieron, cual fue su papel durante el conflicto, que hicieron y como lo vivieron. No me atreví a preguntar a nadie para saciar una curiosidad que solo hubiera abierto heridas que claramente ya estaban cerradas. Era evidente que ya no había tribus, solo ruandeses que se sabían mirar al futuro sin odio ni rencor.

Esa tarde me planteé ir al museo del genocidio, pero no quería invertir tiempo y dinero en conocer más una historia que me aterra. Me senté a hablar con Ayoze e inevitablemente salió de tema de conversación aquello que tanto me rondaba por la cabeza. Mientras charlábamos me contó algo que se me quedó grabado en la memoria: “Sabes, el jardinero que esta todo el día limpiando y cuidando la casa. Durante el genocidio arriesgo su vida por esconder a sus vecinos en el garaje de su casa, una familia entera de tutsis. Al parecer tiene un documento que le concedieron por intervenir en la masacre”. Esa tarde volví a ver al jardinero. No quise preguntarle nada ni sacarme una foto con él, no quise ser maleducado, aunque de haberle dicho algo le hubiera dado las gracias.

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(Junto Ayoze en su casa de Kigali)

En cuanto salí de Kigali volví a la normalidad del viaje por África, fue mi último día de pedaleo por Ruanda. Atravesé una plantación de té que abarcaba un valle entero, después subí hasta lo alto de una montaña donde encontré un pueblo en el que paré a comer bajo el sol del mediodía. Conocí a gente cercana, encantadora y que hablaba muy bien inglés. Descendí el puerto de montaña y al final de la tarde estaba cruzando la frontera con Uganda.

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(Frontera con Uganda)

Nada más entrar en Uganda, la primera imagen que me llevé fue la cotidiana estampa de cientos de personas gritándome “musungu”. Me quedaban pocas horas de luz, así que me di prisa por encontrar un lugar donde acampar. Llegué a una escuela perfecta para dormir, pero no conseguí localizar al director así que tuve que continuar. Finalmente di con los empleados de una plantación de té dispuestos a echarme una mano. Llamaron a su jefe quien intentó de primeras cobrarme un montón de dinero por acampar. Le dije claramente que solo tenía para comer y cambió la actitud al instante. Después de instalar la tienda de campaña los trabajadores de la plantación me prepararon un plato para que cenara con ellos y su jefe una buena ración de ugali con judías, ya sabía yo que eran buena gente.

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(Amaneciendo en una plantación de té en Uganda)

Por la mañana fui a un pequeño pueblo a buscar algo de desayuno. Encontré un puesto en el que me sirvieron un rolex, es decir, una tortilla de huevo y tomate enrollada en un pan de chapati que devoré acompañado de un té con leche. Estaba tranquilo entretenido con el panorama, sentado en una silla viendo la vida del pequeño pueblo hasta que se acercó una señora muy grosera. Me hablaba a gritos en ugandés, solo me pedía dinero y cosas de la bici. Todo el mundo empezó a reírse incluyendo la señora, así que me levanté y conteste muy arisco gritando en español. La señora se fue y todos dejaron de reírse. Se me había olvidado lo mucho que me suele bacilar la gente cuando viajo solo y lo poco que me gusta.

Esa noche acampé al lado de una pequeña comisaría, aunque parecía más un puesto de control de carretera. Me recibieron muy bien tanto la policía como los vecinos. Se preocuparon mucho por mi seguridad y me hicieron sentir que Uganda no era tan seguro como pensaba. Al día siguiente fue todo muy tranquilo menos por las mil colinas que tuve que subir y bajar. Al atardecer vi desde la carretera una pista de tierra que llevaba hasta una granja. Me acerqué a preguntar si me dejaban acampar y me recibieron con la clásica hospitalidad África. Después de instalar la tienda de campaña me invitaron a cenar, los jóvenes hablaban inglés y charlamos largo tiempo bajo la luz de la linterna. Por la mañana recogí todo el equipo bajo la atenta mirada del cabeza de familia mientras disfrutaba de su pipa matutina. Esta es la cara del país que buscaba, aunque siempre hay que intentar conocer todas.

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(Acampada en una granja ugandesa)

En la ciudad de Makara me recibió Héctor, un contacto argentino que me pasó un follower del Facebook. Lleva su propio hotel y vivía en Uganda desde hace varios años. Me recibe en su casa y al día siguiente me enseña el barrio en el que vive. Mientras andábamos me contó como estuvieron mas de un mes sin electricidad. Una noche se fue la luz mientras cenaban él y su pareja ugandesa. Al poco tiempo empezaron a escuchar mucho alboroto y sirenas de policía, así que Héctor decidió salir a echar un vistazo. Vio una multitud de personas en medio del mercado, estaban rodeando a un joven lleno de golpes, el transformador del tendido eléctrico estaba ardiendo y la policía dio dos tiros al aire para disolver a la muchedumbre. El joven era el cómplice del ladrón del transformador, mientras él vigilaba su socio intentó desenchufarlo pero tocó el cable que no era, se electrocutó y el transformador explotó. Los vecinos se echaron a la calle e interceptaron al único criminal superviviente, lo golpearon y lo retuvieron mientras un señor fue a buscar un bidón de gasolina para quemarlo vivo. La policía llegó justo a tiempo para disolver a la multitud y arrestar al delincuente con vida. Con esa esta historia aprendí que la policía en África esta para proteger al delincuente de la gente y no al revés, aunque aun no tenía muy claro este concepto.

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(En Makara en casa de Héctor)

Después de un par de días descansando en casa de Héctor, puse rumbo a la capital ugandesa. A los 50 kilómetros de ruta volví a cruzar la línea del ecuador y con ello me despedí del hemisferio sur. Tras 556 días volví al hemisferio norte. Parecerá una tontería, pero cruzar esa línea me acercó más aun a casa. Mientras saboreaba aquel momento conocí a un grupo de mujeres estadounidenses que estaban de visita. Trabajaban como voluntarias en una ONG de Kampala, Rasing Up Hope for Uganda, y después de conocernos me invitaron a dormir en la fundación.

Salí del ecuador a media tarde con la intención de pedalear 80 kilómetros hasta Kampala y llegar con la luz del sol, pero terminé llegando en plena noche. En Uganda el tráfico es muy intenso y en la capital es un auténtico infierno. Dramatismos a parte, fue bastante divertido meterse de lleno en esa marabunta. Solo tenía el nombre de un barrio y un número de teléfono, así que me acerqué a la comisaría de policía donde el sargento me dejó llamar. Vinieron a buscarme y me guiaron a su casa. Después de una ducha me invitaron a cenar y charlamos varias horas antes de dormir, me veían como el aventurero del siglo.

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(En la línea del ecuador)

Por la mañana bordee la ciudad para salir lo antes posible de todo ese caos. Al final del día crucé el nacimiento del Nilo Blanco en el Lago Victoria, una preciosa vista para finalizar la tarde. Empecé a buscar donde acampar por la ciudad de Jinja y después de varios intentos terminé preguntando en la comisaría de policía. Me hubiera gustado dormir en una escuela, una granja o recibir la invitación de una familia, pero no se dio la situación. Mientras hablaba con uno de los agentes irrumpió un coche de la policía derrapando en la entrada. Se bajaron varios agentes, entre ellos iba un hombre sin camiseta con todo el cuerpo cubierto de sangre. Cuando pasaron a mi lado pude ver un cuchillo o algo parecido a un cuchillo clavado en su espalda, a la altura del hombro derecho. Me quedé congelado viendo el panorama y como lo metieron en una celda. El policía con el que estuve hablando me llevó hasta el parking donde pude instalar la tienda de campaña dentro de los muros de la comisaria. Al poco rato volvió el mismo policía para ver si estaba todo bien y entonces le pregunté que había sucedido. El hombre agredido era realmente un ladrón al que pillaron infraganti robando los altavoces de un coche, las personas de a pie lo descubrieron e intentaron impartir su propia justicia, hasta que llegó la policía y lo evitó. Con esta historia aprendí que la policía en África esta para proteger al delincuente de la gente y no al revés, y esta vez si tenía muy claro este concepto.

Por la mañana me puse en marcha en ayunas, necesitaba llegar a la frontera con Kenia sin gastar dinero. Tenía 20 dólares en el bolsillo pero eran para llegar a Nairobi. A pesar de estar mejor económicamente seguía cuidando cada céntimo y estirando el dinero lo máximo posible. La verdad es que no me asustaba la idea de hacer 118 kilómetros bebiendo agua, pero algo tenía que meterle al cuerpo. A media mañana paré en un puesto de comida y les propuse un cambio, una camiseta que llevaba desde hace tiempo sin ponerme por un plato de comida. Aceptaron sin problema y me dieron un platazo de judías con chapatis y un té con leche para beber. Fueron muy agradables conmigo, vi su cara de felicidad al ayudarme y como sonreían cuando no dejé ni una miga de pan en el plato.

A lo largo de mi viaje he visto la cara más humilde de África, pero no he visto hambruna. He conocido la cara más humana en la que siempre se ayudan los unos a lo otros, y esa ayuda no excluye a un color de piel diferente. Todo lo que tienen se lo ganan con el sudor de su frente, y en parte comprendo su postura ante los ladrones que buscan el camino fácil. Por suerte cuando todo se va de las manos hay policía para proteger, al delincuente.

Adentrándome en Ruanda y Uganda en parte encontré lo que buscaba, conocer otras realidades y saciar mi curiosidad. Hay una realidad que no se desmarcó de mi experiencia por África, y es que seguía viajando por el continente de la hospitalidad.

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(Momentos antes de salir de Kigali)