Mi llegada a Trujillo, Perú, significó que había ganado la primera batalla con el desierto peruano, pero aun quedaba mucho por luchar hasta llegar a Lima.

En la Casa Ciclista de Trujillo conocí a Luis Carlos, un matemático colombiano que estaba pedaleando hasta Argentina colaborando con la ONG Techo. Rápidamente hicimos amistad y juntos pedaleamos 600 Km hasta llegar a Lima. Soportamos la tortura de las fuertes rachas de viento, las tormentas de arena, el calor del desierto y derramamos gotas  de sudor en la misma arena.

Atravesamos el desierto sin a penas dinero, y la hospitalidad peruana fue fundamental para el éxito de la aventura. En una ocasión atravesamos una tormenta de arena tan fuerte, que tuvimos que refugiarnos junto una enorme roca para que nos hiciera de abrigo, y poder respirar sin el pañuelo en la boca. A pesar de estar agotados nos estábamos riendo y le dije: “Colombia, si el día de mañana siento la cabeza y me caso, que sepas que estas invitado a mi boda, y si alguien te pegunta de que me conoces, solo tienes que decir que juntos atravesamos el Infierno”. A lo que me contesto: “Dalo por hecho España”.

Cuando llegamos a Lima, nos separamos para reencontrarnos primero en Cuzco y después en La Paz. En la capital boliviana Lucho había decidido que lo mejor para el su familia era volver a casa, y fue el momento de la dura despedida.

Dos semanas después volví a saber de él, yo estaba saliendo del Salar de Uyuni cuando me enteré de que le habían robado la bici, y estaba volviendo a casa en autobús.

Nunca olvidaré al que fue mi hermano pequeño del viaje. Superar juntos la dura prueba de atravesar el desierto de Perú nos ha unido para siempre.