Etapas

05-06/11/2016 Descanso en Casablanca.

07/11/2016 Casablanca – Kénitra (134 Km).

08/11/2016 Kénitra – Tnine Srafeh (99 Km).

09/11/2016 Tnine Srafeh – Chefchaouen (106 Km).

10-11/11/2016 Descanso en Chefchaouen.

12/11/2016 Chefchaouen – Ceuta (Entrada en España) (106 Km).

13-14-15-16-17-18-19-20-21-22-23/11/2016 Descanso en Ceuta.

24/11/2016 Ceuta – Tarifa (26 Km).

25/11/2016 Tarifa – Cádiz (90 Km).

26/11/2016 Cádiz – El Cuervo (70 Km).

27/11/2016 El Cuervo – Sevilla (75 Km).

28/11/2016 Sevilla – Córdoba (140 Km).

29/11/2016 Córdoba – Cardeña (86 Km).

30/11/2016 Cardeña – Ciudad Real (116 Km).

01/12/2016 Ciudad Real – Toledo (123 Km).

02/12/2016 Toledo – Pinto (81 Km).

03/12/2016 Pinto – Puerta del Sol de Madrid (40 Km).

La vuelta a casa

Cuando aterrizamos en Casablanca, pedaleamos hasta el centro de la ciudad donde nos esperaba Emma, la amiga de un followers que quiso echarnos un cable para tener donde dormir en nuestra primera noche en Marruecos.

Emma nos recibió en su casa y nos enseñó la ciudad. Todo era más limpio y ordenado de lo que África nos había acostumbrado, lo cual me hizo sentir una melancolía que me abrió un vacío en el estómago…la aventura estaba cerca de terminarse. Lo más bonito fue visitar la Mezquita Hassan II, el templo más alto del mundo y el segundo más grande después de la mezquita de La Meca. No nos demoramos mucho y al segundo día retomamos la marcha, tenía ganas de emprender la vuelta a casa.

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(Junto a Emma en Casablanca)

La primera etapa en Marruecos avanzamos 134 kilómetros, teníamos hambre de acortar distancias. Atravesamos Rabat y nos sorprendió una tormenta que nos dejó totalmente calados. Acampamos en un camping para poder secar la ropa al aire libre y amanecimos con el sol calentando la tienda de campaña, cuando el ciclo del sueño se había completado. Fue otro amanecer perfecto que nos dio energía para comenzar el día.

Mi querido Bucéfalo estaba cada vez más dañado. Mientras pedaleaba por una recta, se partió un radio de la rueda trasera y antes de que pudiera frenar se enredó en el cambio, doblándolo hasta encajarlo en los radios que aun seguían firmes. Hice lo que pude por ayudar a Bucéfalo, y a pesar de solucionar el problema perdió la capacidad de utilizar las marchas más flojas, ya que el cambio seguía algo doblado y se acercaba peligrosamente a los radios. Una avería más en la lista que se sumaba al problema con el buje trasero que apañé en Etiopía y Sudán, el cual adquirió tanta holgura que me privó de utilizar el freno trasero. La cadena era la misma que partí en dos ocasiones en una pista de tierra por Tanzania, los piñones y platos venían desde Ciudad del Cabo, el cableado estaba algo oxidado, los pedales deteriorados y mi corazón partido al ver así a mi fiel compañero, pero no le quedaba otra que aguantar…y aguantaría!

Esa noche fue la última del viaje en la que hicimos acampada libre, alejándonos de la carretera y adentrándonos en el campo para montar el campamento. Por la mañana pedaleamos los últimos kilómetros hasta Chefchaouen. Llegamos de madrugada congelados por el frío de la montaña, pero recibidos por la hospitalidad marroquí. Por la mañana nos dejamos cautivar por el laberinto de callejuelas azules y Chauen, se ganó toda mi admiración y para mi es una de las ciudades más hermosas que he conocido en todo mi viaje.

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(En la ciudad de Chefchaouen)

La mañana que teníamos todo preparado para partir hacia Ceuta y entrar en España, recibí la llamada de mi hermano del alma, Nuño. Mi amigo de la infancia estaba en un viaje por Marruecos con su pareja, e hizo lo imposible para llegar a tiempo para darme un abrazo. No lo pude evitar y deshice todo el equipaje, pagué otra noche de hostal y me quedé con mi colega a pasar un día más en Marruecos.

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(Junto a mi hermano)

Hablando con él pude desahogarme y mostrarle la ansiedad que me estaba causando finalizar el viaje. La etapa más emocionante de mi vida esta cerca de llegar a su fin. Me había acostumbrado a vivir mil experiencias diferentes cada semana, y jamás reparé en como me sentiría en la recta final de la aventura, pero como él me dijo: “Volver a casa es parte del viaje, disfrútalo hasta el final”.

La última vez que nos despedimos fue para varios años, esta vez para unas semanas. Emprendí la marcha hacía la frontera con una energía diferente. Yo me lo noté, Manu me lo notó, y cuando volví a ver la bandera de España ondeando en el paso fronterizo ceutí, Bucéfalo también supo que era momento de estar felices porque volvíamos a casa sanos y a salvo.

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(Entrada en España)

En nuestra primera noche en Ceuta quedamos con Nico, un follower asturiano con el que mantenía el contacto desde que pedaleaba por Perú. Nico había iniciado su viaje a Kenia en bicicleta por una causa benéfica: recaudar fondos para la ONG Kubuka, con la que colabora desde hace años. El nombre y el slogan de su viaje: La vuelta a ellos, yo pongo las piernas y tú pedaleas. Hablando con Nico en la playa le conté una locura que me rondaba la cabeza desde hacía tiempo, y no hizo mal en reírse porque era una auténtica majadería. Aunque siempre me tomó en serio y al despedirnos nos deseamos suerte, pero el sabía que yo iba a necesitar más.

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(Junto a Nico en la playa de Ceuta)

Pedaleando por el Desierto de Atacama, Tuve una visión. Me imaginé llegado a la Península Ibérica a puro pedal directamente desde África. En cuanto esa imagen llegó a mi mente comencé a reír a carcajada limpia en mitad de la solitaria llanura. Creí haber perdido la cabeza ¿Cómo iba a pedalear por el Mar Mediterráneo? Pero poco a poco esa loca idea fue cogiendo forma, y en Zimbabue decidí que lucharía por hacerla realidad. Estaba totalmente decidido a cruzar el Estrecho de Gibraltar a pedaladas.

Durante una semana visité varios negocios y conseguí que me donaran todo el material. Me hice con 2 tubos de PVC de 3 metros de largo y 20 centímetros de diámetro con sus correspondientes tapas para sellar los compartimentos. Conseguí una vieja bicicleta de acero de la que partiría la base de toda la estructura. En un desguace me regalaron la rueda delantera de una motocicleta de baja cilindrada, para fabricar con su eje el rotor a palas que me propulsaría. Por último, en el taller de Benzú me dejaron un espacio en el que trabajar además de presentarme a un maestro del soplete, Mustafá. Durante dos días de duro trabajo en el taller, dimos vida a la bicicleta acuática a la que bauticé como el Seawolf.

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(Dando vida al Seawolf)

Por otro lado los permisos de capitanearía estaban en curso, pero no iba a ser posible obtenerlos en el plazo que me marqué. Una vez con los permisos obtenidos conseguir el barco de apoyo hubiera sido la parte más fácil del proyecto, pero no teníamos dinero para aguardar 30 días en Ceuta.

El día que puse a prueba el Seawolf comprobé que la flotabilidad era excelente, la estabilidad firme y la rigidez inmejorable, pero la transmisión al eje de palas debía mejorarse. Debido al poco margen de tiempo para llegar a la Puerta del Sol en la fecha prevista y a la falta de dinero para aguardar a los permisos, no me quedó otra opción que la de abandonar.

Sentí que no fue una derrota completa por que fue más una victoria a medias. En cinco días conseguí que cinco negocios donaran todo el material necesario para fabricarlo, me hice con un taller con mil herramientas y le di vida a esta pionera idea con tan solo 20 horas de construcción. El Seawolf probó el agua de mar que algún día surcará hasta llegar al otro continente que tristemente contemplamos en la lejanía.

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(Surcando el Mar Mediterráneo en la playa de Ceuta)

El Seawolf reposa seguro dentro de un conteiner que me ha brindado el dueño del taller, Don Cristóbal, uno de los muchos ceutís que abrieron su corazón a este proyecto y que deseaban verlo hecho realidad.

Al día siguiente Baleària Ferries nos apoyó con dos billetes para llegar a Algeciras en una de sus embarcaciones. Mientras surcaba el Estrecho de Gibraltar creí que la vida me decía NO, pero antes de volver a pisar la Península Ibérica comprendí que sólo me estaba diciendo ESPERA.

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(Cruzando el Estrecho de Gibraltar en Baleària Ferries)

La primera noche dormimos al raso en una cafetería clausurada en la Playa de Tarifa. Por la mañana avanzamos bajo la lluvia hasta que llegamos a Cádiz. Teníamos el frío metido hasta los huesos, pero me animaba mucho pensar que ni por asomo era comparable a las tormentas de hielo y nieve que viví en Turquía.

En mi vuelta a casa ya no solo contaba con la compañía de Manu, sino también la de José Pou. Mi amigo uruguayo había venido desde su Canelones natal hasta España para acompañarme hasta la Puerta del Sol, y por fin, después de tanto tiempo, no reencontramos en Cádiz donde nos recibió Javier, el jefe de la Brigada Scouts de San Jorge 310. Nos abrió las puertas del local scout para pasar una noche de tertulia brindando con unas cervezas. Al amanecer llegaron todos los chavales y les pude acercar mi aventura alrededor del mundo con una breve charla.

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(Con la Brigada Scouts de San Jorge 310)

La lluvia nos acompañaba en cada pedalada y salimos de Cádiz por una pista de tierra y barro. Estábamos muy contentos y no parábamos de bromear hasta que se hizo de noche y después de llegar al final de una carretera secundaria, volvimos a aventurarnos por una pista de barro arcilloso que nos hizo retroceder. Conseguimos llegar hasta el pueblo de Los Cuervos donde el párroco nos abrió las puertas de la sala de catequesis para que pasáramos la noche.

Con la salida del sol la lluvia nos dio una tregua, y al mediodía entramos en Sevilla donde nos esperaba Jaime. Nos abrió las puertas de su casa e hizo una tremenda barbacoa, y casi me hizo llorar con un gazpacho que me devolvió a la niñez, el primer gazpacho desde hacía más de tres años. Por la tarde nos acercamos a un bar de la zona para tomar unas cañas con más followers sevillanos, el plan perfecto para todo español que se precie.

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(De cañas en Sevilla)

La ruta a Madrid estaba bajo un apretado calendario, me había propuesto llegar el 3 de diciembre. Desde Sevilla pedaleamos directos a Córdoba donde nos recibió en su casa Kike. Por la mañana atravesamos la Sierra de Madrona y llegamos con el frío de la noche al pueblo de Cardeña, donde la alcaldesa nos abrió el teatro para pasar la noche.

Viajábamos sin apenas dinero y después de recibir ayuda de personas de todo el mundo, fue una gran experiencia vivir también la hospitalidad de mi tierra. Entre los españoles de a pie y los followers, no nos faltó de nada.

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(En un pequeño pueblo donde nos invitaron a un bocadillo)

Cuando llegamos a Ciudad Real fuimos directos a preguntar en la estación de bomberos, pero antes vimos un supermercado y fuimos a preguntar si tenían algo que estuviera a punto de caducar. Había viajado sin dinero en muchas ocasiones y siempre salí del paso mendigando, pero en esta ocasión me dio más vergüenza de lo normal, simplemente porque estaba en España. Así que mientras mis dos compañeros entraron a hablar con el gerente, yo me quedé afuera vigilando las bicicletas. Hacía mucho frío y me senté junto a la puerta automática donde me sentía más resguardado. A los pocos segundos salió un señor y me dio 20 céntimos de euros en 3 monedas mientras me decía: “No tengo nada más, suerte amigo”. Yo me quedé inmóvil con el dinero encima de mi mano. Comprendí la imagen que estaba dando y entendí mejor la reacción de aquel señor. Yo estaba sentado con ropas sucias y malolientes, mi rostro era de fatiga, mis greñas alocadas y mi barba larga y desaliñada mezclada con una mirada perdida…me había convertido en un vagabundo, en fin, todo apuntaba a que era hora de volver a casa. Esa noche los bomberos nos dejaron su gimnasio para que durmiéramos calentitos.

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(Bomberos de Ciudad Real)

Ya era 1 de Diciembre y estaba con los nervios a flor de piel, pero a pesar de todo estábamos cumpliendo el calendario de llegada y eso me tranquilizaba. Nuevamente nos agarró una fuerte tormenta, aunque hizo aun más mística la llegada a Toledo. Bajo la lluvia y desde la otra orilla del río Tajo, nos recibió la amurallada ciudad medieval completamente iluminada. En el centro nos recibió José Antonio, otro follower que se sumó a la bienvenida hospitalaria que desde hace días estábamos viviendo.

Al día siguiente, con la llegada a Pinto cerraba la última gran etapa del viaje, había vuelto a la Comunidad de Madrid. En Aranjuez se me sumaron los dos primero ciclistas para vivir conmigo este momento, Darío y su pareja. Más adelante se acercaron un par de amigos para hacerme la primera visita y tomarnos una caña. En Pinto me reencontré con Andrea, la viajera colombiana con la que tanto compartí mientras viajábamos por Sudamérica, y también volví a ver a mi hermana pequeña que no pudo aguantar y se acercó en tren para darme un abrazo. Esa noche cerré los ojos y todo lo que sucedió al día siguiente lo viví como si fuera una película.

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(Junto a Darío y su pareja camino de Aranjuez)

Suena el despertador, me levanto, voy al baño y me miro al espejo. Parecía un día normal, pero no lo era. Recuerdo perfectamente aquel 3 de diciembre de 2016, cuando me disponía a terminar la vuelta al mundo en bicicleta.

José Pou, Manu y yo habíamos dormido en la habitación de catequesis de la iglesia de Pinto, estábamos a 20 kilómetros del centro de Madrid. Publiqué en mis redes sociales que estaría a las 10:30 am en la estación de tren, por si alguien quería apuntarse a pedalear conmigo los últimos kilómetros. Siendo sincero, no me esperaba que fuera a venir nadie, pero para mi sorpresa había quince ciclistas esperando mi llegada. Después de los abrazos, las bromas y de tener las emociones a flor de piel, nos pusimos en marcha atravesando una pista de tierra que nos llevó hasta el comienzo de la ciclovía.

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(En la estación de tren de Pinto)

En teoría, dije que llegaría a las 11:00 am a la estatua del Ángel Caído en el parque del Retiro, pero al final llegué a las 12:30 pm. Allí me estaban esperando familiares, amigos y followers para tomarse conmigo mi última cerveza del viaje. Me es imposible describir todo lo que sentí, solo puedo decir que la fotografía de ese momento es una de mis favoritas de todo el viaje. Siempre que la veo me acuerdo del instante previo, cuando nos estábamos formando en línea y un amigo se puso a mi lado y dijo: “Hay que ver como huele Javi”, y todos reímos a la vez.

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(En el parque del Retiro)

Saboreada la última gota de la jarra de cerveza, nos subimos de nuevo a las bicicletas para pedalear los últimos tres mil metros de la vuelta al mundo; el final estaba cerca. Bordeamos la Puerta de Alcalá, la plaza Cibeles y subimos por la Gran Vía hasta la Puerta del Sol, los mejores últimos kilómetros para que un gato vuelva a casa (en España, a las personas nacidas en Madrid se las llama «gatos»).

Cuando llegué a la Puerta del Sol, estaba totalmente abarrotada de cientos de madrileños que hacían las compras de Navidad. Enseguida, diferencié al enorme grupo de familiares, amigos y followers que hacían corro para ver cómo pisaba la placa del kilómetro cero de todas las carreteras radiales, donde comencé la vuelta al mundo hacía 1159 días. Cuando me acerqué, todos esperaban a que concluyera la aventura, pero había un despistado señor que estaba mirando la placa, ajeno a lo que iba a suceder. Cuando mi pie derecho y la rueda delantera de Bucéfalo volvieron a tocar aquel punto en el mapa, solté un enorme grito de victoria y la emoción se apoderó de todos. Había cumplido el sueño; había vivido el último día de la aventura de mi vida.

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(Puerta del Sol)

Lógicamente aun me quedaban un par de kilómetros que hice en compañía de mis cuñados. Cuando llegamos al parque cercano a mi casa familiar, me estaba esperando mi madre con mi perro. Dejé a Bucéfalo y empecé a gritar: “¡Bruce!”. Vino corriendo y comenzó a olisquearme e inmediatamente me reconoció, pero no me dejó tocarlo, estaba herido por haberle abandonado durante tanto tiempo. Cuando entré de nuevo en casa me pude dar una gloriosa ducha, ponerme ropa limpia y jugar con los tres revoltosos sobrinos que aun no conocía. Mientras devoraba la comida casera de mi madre, Bruce se me acercó a la pierna, me toco varias veces con su pata y me miró diciéndome: “Te perdono”. Esa noche antes de salir con los amigos, fui a pasear con mi perro y poco a poco comencé a comprender el shock de haber terminado el viaje. Las emociones de volver a un lugar que sigue casi igual pero en el que me veo tan diferente.

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Epílogo

Los grandes proyectos se componen de miles de pequeños pasos, y mi vuelta al mundo tuvo millones de pedaladas. Me embarqué en un viaje en que cada día de lo único que estaba seguro al 100 % era de saber dónde me había despertado; el resto era una incógnita. No tenía ni idea de a quién iba a conocer, qué iba a sentir, qué iba a ver, dónde dormiría y, cuando viajaba sin dinero, ni siquiera sabía si iba a comer, pero comprendí que cada mañana, cuando volvía a empacar a Bucéfalo, también podía estar seguro al 100 % de mi actitud, y siempre me dije: «¡Adelante!».

Emprendí un viaje en el que constantemente cambiaba de lugar. Cada día eran nuevos paisajes, nuevos retos, viví todo tipo de fenómenos meteorológicos, pedaleé desde los -20 °C hasta los 55 °C, conocí toda clase de animales salvajes, de culturas, tradiciones…, esa fue la parte más visual de la aventura, pero también fue un viaje de crecimiento personal, y ese, para mí, ha sido el viaje más grande de mi vida.

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Siempre me ha gustado explicar cómo fue para mí la percepción del tiempo con esta frase: «Las semanas pasaban como meses, y los meses pasaban como años», y no en el mal sentido, es que experimentaba tantas cosas en un solo día, el estar en constante movimiento y hacerlo de una forma tan vulnerable como lo es viajar solo y en bicicleta, que estaba abierto a todo, y todo no es malo, hay muchísimas cosas buenas por las que arriesgarse.

Por muy machacado que estuviera, aprendí que siempre había algo bueno esperándome al final del camino, pero, claro, hay que llegar al final del camino para saber qué es. Una de las mejores recompensas que siempre encontré fue el apoyo, el apoyo que recibí de forma constante de familiares, amigos, followers y de las personas que conocí en el viaje; a la vez, esa ha sido la lección más hermosa de esta experiencia: el 99,9 % de las personas tienen un corazón que no les cabe en el pecho. La hospitalidad es internacional, no entiende de cultura, religión o pasaporte.

En las últimas etapas por África, comencé a echar de menos la aventura sin siquiera haberla terminado; eso me llevó a pensar en cómo extrañamos aquello que tuvimos y que creemos que ya no está, pero la realidad es que hay experiencias que se arraigan tanto en nuestro corazón que siempre nos acompañaran el resto de la vida. Decidí que no echaría de menos mi vuelta al mundo, que nunca dejaría de ser Colorado On The Road y que jamás olvidaría lo que he vivido. Recuerdo todas las veces que me han preguntado el porqué del viaje, por qué lo dejé todo para seguir un sueño… Básicamente, porque es como soy, mi forma de actuar y de ser fiel a mí mismo. El día que terminé la universidad, mucho tiempo antes de comenzar la vuelta al mundo, me sentí como un hombre totalmente formado —o eso al menos es lo que me hizo ver la sociedad en la que crecí—, pero la verdad es que viajar es lo que me ha formado como ser humano. Confieso que me gusta tropezar con todas las piedras del camino, soy un experto en desplomarme y caer al suelo, me he vuelto un adicto a las emociones que siento cada vez que me levanto y sigo luchando, cada vez con más y más fuerza.

Mis intenciones nunca han sido las de incitar a nadie a darse la vuelta al mundo en bicicleta, porque ¿quién quiere darse la vuelta al mundo en bicicleta? Probablemente, no haya muchas personas con este sueño, pero puedo hacer la misma pregunta utilizando otras palabras: ¿quién quiere ser feliz? Efectivamente, es una realidad universal, todos queremos ser felices, y yo esto lo viví porque me hizo feliz; soy feliz ahora compartiéndolo y siempre me hará feliz al revivirlo en mis pensamientos. Lo que ha sido el mensaje de mi proyecto es recordar que la felicidad está al alcance de nuestras manos y que solo tenemos que ir a por ella. ¡Es así de simple!

Claro está, luego la práctica es más complicada y hay muchos miedos que enfrentar, pero no podemos dejar que un miedo se convierta en un cerrojo, un muro inexpugnable entre nosotros y nuestros sueños. La llave es dejar de repetirnos: «No puedo hacerlo» y comenzar a preguntarnos: «¿Cómo puedo hacerlo?». Para mí, el enfoque práctico del miedo siempre será verlo como preparación.

Si pudiera definir mi viaje con una sola frase, sería la siguiente: «La felicidad reside en la libertad, y la libertad se alcanza con el coraje». Desde mi experiencia, tener el valor de tomar nuestras propias decisiones, y enfocarlas al camino que queremos seguir en la vida, nos da la libertad para vivir aquello que tanto deseamos. Tener el coraje de decidir libremente nos encamina a vivir nuestros sueños, y con ello a la felicidad. Creo que todo parte de una decisión, y lo más importante de tomar una decisión no es tomarla, sino llevarla a cabo. Aunque en ocasiones mi decisión de dar la vuelta al mundo me llevó a lidiar con batallas que nunca quise librar, pero lo que siempre pude decidir fue lucharlas hasta el final.

La Anécdota 101

Hace muchos kilómetros me di cuenta que no podía mantener el slogan inicial de mi viaje: «Vuelta al mundo en solitario». ¿En solitario? Nunca en mi vida he estado tan arropado. Ya fuera por las personas que estaban a miles de kilómetros o por las que me cruzaba cada día en la carretera, siempre hubo alguien que me ayudó a vivir este gran sueño. Por ello, he decidido continuar con la cadena de favores y ayudar a otras personas a cumplir sus sueños.

Portada web SMNHA

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