Etapas

26/07/2016 Busia – Kisumu (127 Km).

27/07/2016 Kisumu – Plantación de té (95 Km).

28/07/2016 Plantación de té – Hospital Cristiano (120 Km).

29/07/2016 Hospital Cristiano – Nairobi (129 Km).

30-31/07/2016 Descanso en Nairobi.

01-02-03-04/08/2016 Descanso en Nairobi.

05/08/2016 Nairobi – Karatina (144 Km).

06/08/2016 Karatina – Oldonyo (94 Km).

07/08/2016 Oldonyo – Sereolipi (149 Km).

08/08/2016 Sereolipi – Log Logo (113 Km).

09/08/2016 Log Logo – Marsabit (48 Km).

10/08/2016 Marsabit – Desierto (93 Km).

11/08/2016 desierto – Dambala Fachana (85 Km).

12/08/2016 Dambala Fachana – Moyale (79 Km) (Entrada en Etiopía)

Kenia

Amanecí en la misma frontera de Kenia. Cuando salí de Uganda lo hice a media noche y los policías fronterizos me dejaron acampar en una casita en construcción. Me desperté con los primeros rayos de sol y continué con la ruta hasta Nairobi.

Las primeras sensaciones por Kenia fueron muy cercanas, siempre tengo muchas preguntas cuando entro en un nuevo país. Por lo general todas las personas que voy conociendo hablan inglés, las ciudades están más estructuradas, el nivel de pobreza es menor aunque sigue estando presente y para mi sorpresa, que alguien llame a un hombre blanco “musungu” esta considerado un insulto, ya empezaba a pensar que solo era cosa mía.

Pedalee a gusto hasta que llegó la tarde y comencé a buscar donde acampar. Iba mirando de lado a lado de la carretera buscando una granja o algo parecido y un hombre me sorprendió con su grito de bienvenida: “You are very welcome!!!” decía a la vez que agitaba la mano. Así que me acerqué a charlar con Stephen, quien me invitó a pasar la noche en su terreno, a conocer a su familia y a cenar. Mientras comíamos un plato de ugali me contó como perdió la pierna en un accidente de tráfico y como a pesar de ello sigue trabajando para mantener a sus hijos.

Colorado on the road Diario Kenia.1

(Amaneciendo junto a Stephen)

Por la mañana me despedí de Stephen y comencé un nuevo día. Fue una jornada dura con el viento en contra, atravesando colinas, un puerto de montaña y todo sumado al cansancio acumulado, por lo menos conseguir la cena era tarea fácil. La carretera esta llena de puestos de frutas y verduras, sin bajarme de Bucéfalo compro mi cena estrella por África: Pan, aguacates, tomates, un par de limas y de postre plátanos. Comenzaba a refrescar por las noches y el cuerpo me pedía descansar acurrucado en el saco de dormir en vez de estar totalmente destapado sudando a chorros. Las noches gélidas hacen que la tienda de campaña sea más acogedora.

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(Mi hogar portátil)

Continuo con la marcha directa a Nairobi, es una parada importante y quiero ganar tiempo para aprovecharlo en la capital keniata. El día antes de alcanzar la ciudad abarqué 129 kilómetros a buen ritmo para llegar antes de que anochecerá a casa de Pedro, un amigo de la familia.

Ya instalado en Nairobi y con la lavadora dando vueltas con mi fétida ropa, Pedro me da dos herramientas fundamentales para continuar el viaje y que recibió hace una semana: una nueva tarjeta bancaria para reemplazar la caducada y la GoPro de un amigo que me envió para que continuara documentando el viaje.

La primera mañana en la capital fui directo a hacer todo el tramite para conseguir el visado de Etiopía. Es una tarea bastante complicada y desesperante, pero Manu me hizo de avanzadilla y me contó una por una todas las pautas para conseguirla lo más rápido posible. Con toda la información necesaria y la mejor de mis sonrisas conseguí tener el visado en mi pasaporte en menos de 36 horas.

Empecé a respirar más tranquilo después de asegurarme el crucé de la siguiente frontera, por lo que di paso a la siguiente prioridad: visitar a contactos y amigos. la primera visita fue para la ONG Mans Mercedàries (www.mansmercedaries.org). Estaban terminando una escuela en las afueras de la ciudad y recibieron a Manu durante toda su estancia. Antes de que llegáramos supimos de un voluntario que salía de Barcelona y el hermano de Manu le dio varias cosas que necesitábamos que nos trajera en la maleta. Una gestión muy enrevesada que resultó a la perfección porque a parte de conocer la Misión de la ONG Mans Mercedàries, de charlar con sus fundadores y de comer en compañía de todos los voluntarios, también conseguí recibir dos neumáticos nuevos y de calidad para Bucéfalo.

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(Junto a Mans Mercedàries en Nairobi)

La siguiente ONG la visitaba por otras razones. Pude reunirme con Borja Juez, el fundador y director principal de The South Face (www.thesouthface.org.es). Llevaba mucho tiempo siguiendo su labor y desde hace miles de kilómetros tenía una idea con la que quería apoyarles. En la vuelta a casa voy a publicar un libro social con todas las aventuras de mi vuelta al mundo con el objetivo de recaudar fondos para The South Face. Lo hago porque entiendo que estoy viviendo el sueño de mi vida, entre otras cosas a toda la ayuda que recibo casi a diario de followers y personas que conozco por el camino. Lo que busco con esta iniciativa es devolver el favor ayudando a otras personas a realizar sus sueños, en concreto a becar a mujeres africanas para que puedan ir a la universidad. Por ello me reuní con Borja Juez, y después de prácticamente sentir que me estaba mirando en un espejo al escuchar aventuras y opiniones de la vida, supe que había dado en el clavo.

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(Junto a Borja Juez en Nairobi)

Ese mismo día aproveché para conocer Kibera, el segundo slum más grande del continente con más de un millón de habitantes. Es imposible quedarse indiferente al caminar por los suburbios de Nairobi mientras observas a lo lejos los rascacielos de la zona empresarial.

En el día venidero me abastecí de ropa, material para Bucéfalo y pude volver a escribir el nombre de todos los Crowdfunders en los nuevos neumáticos. Después de varios días en casa de Pedro sacando rendimiento a todo lo que me podía ofrecer la capital, fue momento de partir de nuevo. Tenía a Manu a 700 kilómetros y sería inviable alcanzarle en ruta, así que decidí hacer un directo de 1500 kilómetros de Nairobi a Adís Abeba, donde mi socio me estaría esperando.

Comencé el directo a la capital etíope con muy buena energía, buen viento y con la carretera acompañando. Salí con ganas de avanzar pero también de conocer las pequeñas comunidades keniatas. Mientras buscaba lugar para acampar, pasé de largo la ajetreada ciudad de Karatina y a las afueras conocí a un señor que al preguntarle directamente me invitó a su casa a dormir junto su familia.

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(Primer amanecer del directo Nairobi – Adís Abeba)

Por la mañana sabía que sería mi último día pedaleando por las montañas, esta cerca de adentrarme en el desierto y con ello de abandonar las complicaciones de pedalear subiendo colinas sufriendo la lluvia y el frío. No pude contemplar el Monte Kenia debido a la densa niebla, había visibilidad nula.

Acampé en una plantación de flores donde el dueño y los trabajadores me recibieron con los brazos abiertos, y al amanecer me invitaron a desayunar un café con galletas. Comencé el día con muy buena energía y en un par de horas estaba en una bajada de 40 kilómetros mientras gritaba al cielo de adrenalina y libertad. En el pueblo de Isiolo entré oficialmente en la llanura desértica del Valle del Rift, me despedía de la humedad de la montaña y me recibió el Desierto de Chalbi.

Algo extraño ocurrió durante mi primera jornada en el desierto, el viento me soplaba a favor. Mientras pedaleaba como una bala pensé que algo mal tendría que estar haciendo porque es casi imposible que el viento me estuviera ayudando. Intenté no darle muchas vueltas al asunto y continué acortando distancias con Manu.

Empecé a conocer a una nueva tribu, el pueblo Turkana. En rasgos generales tienen la misma forma de vida que los Masáis basada en el pastoreo, aunque los Turkana viven en una zona desértica y por ello han incluido a los camellos en sus rebaños de vacas, cabras y ovejas.

Atravieso zona de hienas, lo cual me pone muy nervioso aunque sea de día. justamente por atravesar una zona prácticamente inerte los animales carnívoros están más hambrientos y desesperados. Con la luz del día pedaleo tranquilo, pero por las noches busco el refugio, el agua y la seguridad de las aldeas.

Como era de esperar el viento cambió de dirección y ahora me golpeaba por el lateral. El calor aumentaba y el aire era cada vez más seco. Cada vez que me cruzaba con los pastores turkana todos me parecían bastante ariscos, no querían hablar solo dinero. Una tarde paré en un pueblo, me senté a tomar un refresco y saqué la cámara de fotos. Entonces un grupo de señoras que estaban en el suelo pelando patatas, me empezaron a amenazar con tirarme una piedra si no las daba dinero por una foto que ni siquiera las tomé. Las invité a que me tiraran las piedras y los palos con los que me amenazaron, pero nada, no había razón para enfadarse así que me dejan a mi aire mientras gritaban “musungu” y otras cosas que no entendía. Cuando se calmó el ambiente se acercó a mi un indigente escuálido y vistiendo solo un taparrabos, agarró mi refresco sin decirme nada y se lo bebió de un trago, después me pidió dinero. En otra ocasión le hubiera ayudado con algo de comer, pero las señoras me habían tocado mucho las narices. Así que mientras miraba a las señoras y señalaba a la vez a aquel pobre indigente las grité: “Musungu no picture, no money, no help!”. Las señoras turkana me miraron enfurruñadas mientras llamaban a aquel hombre para darle algo de comer. Solo querían que les dejara en paz y que no les molestara, así que eso hice.

Más adelante, mientras pedaleaba, me encontré con una hiena muerta en la carretea. La habían atropellado la noche anterior y había un chaval turkana mirándola mientras sus ovejas pastaban. Le hizo gracias que me sorprendiera tanto ver a aquella hiena. Le contesté con una sonrisa, saqué la cámara de fotos y hasta posó para regalarme el mejor recuerdo que tengo de esta tribu.

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(Chaval Turkana junto a una hiena atropellada)

Esa noche terminé acampando en una organización de mujeres de un pequeño pueblo. Se dedican a alquilar a los operarios de carretera pequeños iglús de madera cubiertos de pieles, trapos y plásticos. Me recibieron con mucho cariño, me invitaron a acampar, me dieron agua y cena. La imagen de Mama África a la que estoy acostumbrado a conocer.

Los días no fueron sencillos, cruzar un desierto nunca es tarea fácil. Llegando a Marsabit, durante 48 kilómetros a penas podía avanzar debido a las rachas de viento, incluso empujando a Bucéfalo me costa mantener el equilibrio. Los tramos de pista de tierra se levanta tanto polvo que durante unos segundos dejaba de ver. Aunque también es un reto muy carismático. Pedalear por una basta y silenciosa llanura te hace sentir diminuto, las numerosas manas de camellos le dan emoción a la carretera, al final del día es imposible no detenerse a ver las puestas de sol y por las noches el cielo estrellado te deja sin palabras. La vida humana no es muy abundante en el desierto, pero en todos los distantes y pequeños pueblos que iba encontrando siempre era bienvenido.

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(Experiencias en el Valle del Rift)

Me despedí de Kenia pasando mi última noche en una pequeña aldea junto a la compañía de todos los chavales, jugando y bromeando con ellos hasta que se puso el sol. A la mañana siguiente alcancé la frontera con Etiopía. Aun no lo sabía, pero estaba apunto de entrar en un país totalmente diferente a todos los que había conocido antes. Si tu espíritu esta motivado, tu cuerpo te seguirá.

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(Pedaleando por el Valle del Rift)

Vídeo Valle del Rift:

javier